Algo que te incomode no tiene por qué ser un problema

A veces metemos todo lo que nos desagrada dentro del mismo saco: el saco de los problemas. Pero no tiene por qué ser así. Hay quien define la palabra problema como todo aquello que no se adapta a sus expectativas. Pues bien, aquí hay una forma de rebajar la cantidad de problemas que puedas tener: haciendo tus expectativas más realistas.

Vivimos de una manera en la que la exigencia guía nuestras actuaciones. Hoy en día podemos poner una reclamación en cualquier sitio. Hacer una crítica en internet de cualquier cosa. Incluso pedir al ayuntamiento que nos pague el reventón de una rueda por no haber señalizado bien un socavón.

Habernos acostumbrado a exigir de tal manera no puede extrapolarse a todo. Hay cosas que hay que soportar, que aguantar. Es lo que hay. Hay que aceptarlas.

Aprender a tolerar nuestra frustración como adultos es básico. Cuando “te” montan una rabieta. Un pollo. Cuando no hacen lo que tú quieres. Desobedecen. Te retan.

Te invito a que veas este vídeo de Míriam Tirado. Es posible que no te guste mucho lo que dice, que no te haga sentir bien. Pero creo que tiene bastante razón. Ella habla desde su experiencia. Y es que a veces tenemos las mismas rabietas que ell@s. Quizá no tenemos herramientas para gestionar esas emociones.

Desde mi punto de vista, las creencias que tenemos sobre cómo deben ser las cosas, son las principales causantes de estas frustraciones. Aquí te pongo algunos ejemplos:

  • L@s crí@s (y en general las personas) no te hacen cosas. Hacen cosas y tú decides cómo te las tomas.
  • Tu hij@ no debería ser de ninguna manera, es como es y hay que aceptarlo así. Los hijos no son tuyos.

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  • Ser madre o padre no es nada sencillo, así que tener unas expectativas realistas sobre tu día a día te facilitará frustrarte menos.
  • Muchas de las cosas que te frustran, no son tan graves. No son para tanto.
  • Lo que tu hij@ haga no te define como persona.

Exigir no es una forma adecuada de ir por la vida. Cuando exigimos lo hacemos desde el ego. El ego siempre actúa desde un sentimiento de inferioridad, desde una necesidad de reconocimiento. El ego es inmaduro, se queja, tiene rabietas basadas en la frase “¡no es justo!”. No acepta. Te dice “¿Y por qué las cosas no pueden ser de otra manera?” Y tú debes contestar la frase “Es lo que hay”. Aceptación. Mientras te enfades porque la realidad no se adapta a tus expectativas, no estarás en modo de arreglarlas. Hasta que no aceptas, no empiezas a solucionar nada.

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No debemos confundir este “exigir” con exigirles a l@s hij@s mínimos de responsabilidad, autonomía, participación en las tareas domésticas, etc. La diferencia entre uno y otro es que podemos exigir hasta cierto punto. Podemos “mandar” en que se hagan la cama, en que hagan sus deberes, en que no peguen a sus compañer@s, en que dejen sus zapatos ordenados. Pero no en sus emociones o en su forma de ser mientras no falten el respeto de nadie.

No podemos exigirles que hagan cosas que no nos molesten, sobre todo si éstas son involuntarias. Como por ejemplo, el tema de las rabietas. No podemos enfadarnos por eso. Ahí es donde debe notarse la madurez de ser una persona adulta.

 

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