La exigencia es una navaja de doble filo

El otro día, se me ocurrió este gráfico para tratar el tema de la exigencia.

La exigencia sólo funciona dentro de un grado.

La exigencia sólo funciona dentro de un grado.

Fue trabajando con varias personas cuyos problemas venían en parte causados por exigirse demasiado.

Cómo no, eso también lo he experimentado en mí misma, por eso creo que he llegado a esta conclusión.

También, en una escuela de padres surgió este tema. Recordé el post “¿Detrás de una mujer exitosa hay una madre insoportable?” y el vídeo en el que me había basado.

Y en ambos casos, el gráfico que me sugieren es el mismo.

La carita sonriente sólo está en el trozo sombreado.

La carita sonriente sólo está en el trozo sombreado.

Cuando hablo de temas de autoestima, hay gente que se sorprende. Porque por lo general, perciben ese concepto como la imagen que tenemos de nosotr@s mism@s. Pero cuando hago más hincapié en el trato que nos damos que en esa imagen, veo caras de asombro. Y no demasiado  grato.

Está muy bien que consigamos cosas, pero no a cualquier precio.

La exigencia y el buen trato necesitan estar equilibradas. Saber hasta dónde podemos exigirnos sin maltratarnos, es el objetivo.

¿Por qué? Porque si no llegamos, no podremos sacar lo mejor de nosotr@s. Pero si nos pasamos, estaremos haciéndonos daño. Y de esta manera en absoluto conseguiremos logros. Bueno, los podemos conseguir, pero privándonos de un buen trato. Con sutiles comportamientos autodestructivos. Con castiguitos. Con sibilinos fustigamientos.

Sin embargo, con menor exigencia o la ajustada a nuestras posibilidades  nos podemos tratar mejor. Con buen trato me refiero a tener tiempo para descansar, para estar con tu familia, para vivir la vida… También me refiero a un diálogo interno constructivo, comprensivo, indulgente, amable, consolador…

Y como decía en el post del que hablo al principio, es posible que detrás de una mujer “exitosa” (habría que deconstruir el significado de éxito) puede haber una madre “insoportable” (va cargadito de estereotipos el vídeo, al padre ni lo nombran) pero, ¿a qué precio? Es decir, ¿qué relación se puede tener con una madre que ha sido así de exigente? Pues algún resquemor que otro habrá.

Cuando hablamos de la relación con nosotr@s mism@s, es un poco lo mismo. Porque la nuestra es una relación íntima. La más. Más incluso que la que se tiene con l@s hij@s. Y el resquemor que se puede producir, por lo tanto, es más intenso. Es enfado. Es ira. Incluso odio. Y no mola.

Convivir contigo mism@ teniendo esos sentimientos… Tiene que ser una convivencia muy chunga. Una lucha entre la parte que intenta conseguir los imposibles y la parte que te echa la bronca por no hablerlo logrado. Por lo que tenías que haber hecho. La que te dice que has fallado. La perfeccionista. La que te desprecia por haber “fracasado”.

Mejor es reconocer nuestros límites, merodear por ellos, ponernos objetivos que ronden más o menos por ahí y ser muy muy comprensivos y cariñosos con nosotros mismos cuando no los consigamos.

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