Guarda un poco de felicidad para cuando haga falta

Ayer fue mi cumpleaños y pasé un día extraordinario. A mí me encanta el 17 de mayo, es como uno de los mejores días del año para mí. Desde pequeña lo vivía con una ilusión tremenda. Mi madre me despertaba súper eufórica, me ponía un vestido especial y me hacía una fiesta con amig@s.

En párvulos me cantaban el cumpleaños feliz, me hacían sentir especial, era mi día. Además que empezaba el buen tiempo, ya nos poníamos sandalias, se podían comer helados, pronto venía ya el verano… Bua, una pasada.

Eso sí, me daba pena hacerme mayor, me gustaba ser pequeña. Luego comprendí, que se puede seguir siendo una niña, manteniendo ese espíritu, viviendo la vida de esa manera.

Intento que mi niña pequeña esté feliz.

Intento que mi niña pequeña esté feliz.

A día de hoy, me sigue flipando mi cumpleaños. Aviso a la gente de que va a ser unos días antes o el mismo día, como vivo en un pueblo, se lo voy diciendo a la gente según me la cruzo por la calle. Me encanta recibir cariño y mi cumpleaños es una excusa estupenda.

Hoy, un día después, sigo sintiéndome genial. Arropada, querida, sorprendida por felicitaciones que no me esperaba, por gente que hace mucho que no tengo contacto… Y es que va pasando el tiempo y me doy cuenta de que se va sumando gente a mi vida y al final son un montón las personas con las que he compartido momentos.

Me gusta cuando la gente aprovecha un día como el de ayer para emocionarme, para decirme cosas bonitas. Y no cosas cualquiera, sino verdades compartidas, mensajes que llegan adentro. Y una se va poniendo blandita. De hecho, los primeros lagrimones me cayeron en el desayuno escuchando el audio de un amigo.

Y lo últimos casi me caen con esto...

Y lo últimos casi me caen con esto…

Así que fue un día lleno de emociones agradables, cálidas, abrazadoras, acogedoras, acariciadoras. Y si pienso en otros cumpleaños, aún me siento mejor. Sorpresas, regalos, fiestas, gente, postales, lágrimas, emoción… He intentado encontrar un foto para mostrar cómo se lo han currado mis amig@s a lo largo de los años, pero no he encontrado ni una decente…

¡Excepto la de ayer!

¡Excepto la de ayer!

Y pienso, jo, ojalá esto durara más. Ojalá pudiera guardar todo este buen rollo en un tarrito e ir consumiéndolo poco a poco. Usándolo cuando me haga falta, cuando me falte de todo eso. Cuando esté triste o me sienta mal.

Pero es que, de hecho, se puede hacer… Afortunadamente, muchos de los mensajes que recibí ayer han quedado registrados de alguna manera. Con lo cual, sólo tengo que mirarlos en los whatsapps o en Facebook. ¡Así de fácil!

Cuando nos sentimos solos es bueno que tengamos en cuenta estos momentos. Recordemos estos días. Que la gente ha sacado un rato para felicitarte, tomarse algo contigo o prepararte una fiesta para hacerte más feliz. Porque te quieren. Está bien recordarlo. Porque es verdad.

Normalmente suelo hablar de la gestión de emociones desagradables, pero creo que las agradables también tienen que ser gestionadas. En este caso, provocadas. Hay otras maneras en forma de tarro: el tarro de las sonrisas, en el que metemos papelitos con las cosas que nos han hecho sonreír cada día. La jarra de la gratitud en la que ponemos por lo que nos sentimos agradecid@s cada día. El tarro de los logros, en el que escribimos los pequeños y grandes esfuerzos que realizamos en el día a día…

Un ejemplo.

Un ejemplo.

En fin, que parece ser que guardar la felicidad y echarse un trago de vez en cuando, ¡es posible! ¡Qué guay, no?

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