¿Sabes que nos provocamos las emociones?

Algunas, digamos por ejemplo la mitad, nos las provocamos. La otra mitad, nos las provocan las cosas que suceden.

La sorpresa de que nieve en abril, la motivación cuando intento tocar un ritmo de batukada y me sale, el entusiasmo de pintar un bolso chulo, el susto cuando llamar al timbre y estaba durmiendo… Todas estas emociones están generadas por estímulos externos.

Ahora mismo, a 11 de abril, es lo que está cayendo.

Ahora mismo, a 11 de abril, es lo que está cayendo.

Pero hay otras muchas emociones generadas por nuestros pensamientos. Nuestro organismo no diferencia entre algo que está pasando de verdad o algo que estamos recordando o pensando. Su reacción es la misma.

Ahora piensa en cuántas cosas revives con tu mente. Y ahora piensa cuáles de ellas te generan emociones agradables.

Yo suelo provocarme bastantes emociones desagradables. Preocupaciones, pensando en lo que podría pasar si… A veces les pongo a mis pensamientos bandas sonoras de películas bastante dramáticas, para acentuar más la emoción.

Me monto unas películas...

Me monto unas películas…

Cuando salgo de dar un curso, si todo no ha ido como yo quería, empiezo a revivir una y otra vez el momento. Si además luego tengo que coger el coche… Me puedo estar poniendo la película que me he montado una y otra vez hasta que me canso o llego a mi destino. A veces me pongo la música súper alta, a ver quién puede más, y distorsionar un poco el recuerdo desagradable, porque no puedo pararlo por mí misma.

Muchas veces, cuando me voy a esquiar a Linza, cuando ya he emprendido la marcha, empiezo a dudar de si me he dejado el tiro de la chimenea abierto o la calefacción puesta o la comida en el fuego.

En lugar de disfrutar de esto, durante un rato estoy provocándome emociones de desasosiego.

En lugar de disfrutar de esto, durante un rato estoy provocándome emociones de desasosiego.

Os podría contar más de mis chaladuras, pero creo que así ya os hacéis una idea.

Todo esto tiene mucho que ver con el diálogo interno y la autoestima. Si en vez de hacerme esto yo a mí misma, me lo hiciera otra persona, la mandaría… lejos, muy lejos. Es decir, si estos temores y angustias me los infringiera otra persona, una amiga, un familiar… No pasaría tiempo con ella. La definiría como una persona tóxica. Pero soy yo misma. Con lo cual, ser tóxica conmigo misma es algo que puedo evitar. Que debo evitar. Maltratarme es algo a erradicar.

¿Por qué me digo esas cosas tan horribles?

¿Por qué me digo esas cosas tan horribles?

Pero volviendo al tema que me ocupa, también podemos provocarnos emociones agradables. De esto me di cuenta el otro día cuando volviendo a Ansó, me topé con un coche que iba en el mismo sentido que yo. El conductor me reconoció enseguida, puso las luces de emergencia un par de segundos a modo de saludo. Pronto lo reconocí y le saludé yo también a él. Un colega del pueblo de al lado. También me saludó a través del retrovisor. Eso me puso contenta. Iba más despacio que yo, así que fui unos kilómetros tras él. Cuando le pude adelantar, lo hice mientras le pitaba y le perdí.

De camino a Ansó, me puse a explotar un poco esa contentura. Lo que me gusta que me pasen estas cosas… Estar rodeada de gente que conozco, que me conoce. Lo humano de la vida de los pueblos. Que la gente te salude, que tenga “fichado” tu coche. Que haga un esfuerzo para que te des cuenta de que te ha visto. Que lo haga a través de esos códigos inventados. Y quise pensar eso un rato, porque me hacía sentir bien. Y eso me llevó a sentir lo contenta que estoy de vivir aquí, que también me hace sentir satisfecha. Me duró un rato. Y ahora que escribo sobre ello, tengo una sonrisa dibujada en la cara.

Decidiendo lo que pensamos, decidimos lo que sentimos.

Decidiendo lo que pensamos, decidimos lo que sentimos.

Así que si somos conscientes de los mecanismos que rigen nuestras emociones y vemos que muchas de ellas nos las provocamos nosotr@s mism@s, quizá podamos ir a nuestro favor y provocarnos las que mejor nos hagan sentir, ¿no?

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