Si no es un problema para tu hij@, que no lo sea para ti

El lenguaje que utilizamos da forma a nuestra realidad. En función de cómo vemos lo que nos sucede, nos sentimos de una forma u otra.

¿Qué sientes cuando lees, dices o piensas en la palabra “problema”? ¿Son emociones agradables o desagradables? Probablemente sean de estas últimas.

Cuando unos padres vienen a pedirme ayuda, suelen sentir que su hij@ tiene un problema. O al menos una situación problemática. O algo que no saben cómo gestionar. O algo que no esperaban. O algo que les disgusta.

A estos padres, la palabra problema les resuena muy negativamente por lo general. Sobre todo cuando ven su situación como tal. Les hace sentirse inseguros, temerosos, agobiados, estresados, tensos, dramáticos. Emociones, todas ellas, poco fructíferas para solventar la situación. Como escribí hace unas semanas, lo mejor es mantener la calma.

No podemos calificar cualquier cosa como problema, porque entonces no actuamos como nos gustaría.

Muchos “problemas” con los que me encuentro son temores a largo plazo. ¿Y si en un futuro no sabe relacionarse? ¿Y si más adelante bajan sus notas? ¿Y si nunca llega a ser capaz de hacer caca fuera de casa?

Si pasa alguna de esas cosas, les digo, ya nos pondremos a ello. Por lo general no hay nada tan grave como para que pueda ser irreversible.

Mientras tú conozcas y observes a tu hij@, no dejarás que algo llegue demasiado lejos como para que ya no tenga solución. Muchas veces, se vive con ese temor de prevenir todo lo posible. ¿Os acordáis de la historia del calcetín?

Pero es que prevenir todo… es imposible… En la vida suceden accidentes, por mucho que intentes evitarlos. Además, la propia actitud de tratar de evitar que sucedan determinadas cosas “malas” genera tensión, falta de espontaneidad. Rigidez, irritabilidad. Todas estas emociones, por cierto, no son nada beneficiosas para educar en el día a día tus hij@s. Es más, tienden a reducir tu confianza y tu paciencia necesarias para esta labor.

En muchas ocasiones, de hecho, la propia preocupación, genera el problema que tanto temías.

Recuerdo haber leído una especie de historia en la que dos personas se compraban una maceta que contenía semillas. A ambas, se les daban unas instrucciones para cuidarla. Una de ellas, las seguía al pie de la letra y esperaba pacientemente a que evolucionara. La otra, por temor a que no fuera suficiente, comenzó a darle más cuidados. Empezó a regarla en exceso porque no veía los resultados esperados. Tanto se impacientó, que terminó ahogándola. Sin embargo, la otra, vio finalmente brotar la planta esperada. Pues con l@s chaval@s es lo mismo.

Acuarela de Manuel Huertas Torrejón

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No es un problema lo que para tu hij@ no es un problema. ¿Qué lo es? Que lo pase mal. Que no lo pueda controlar. Que tenga una imposibilidad de gestionarlo. Eso sí.

Que juegue solo. Que se tenga que pegar toda la tarde haciendo deberes en casa porque en clase no los hace. Que no le guste el deporte como a ti. Que no salga por ahí con sus iguales. Si no le importa, si incluso está mejor así, no es un problema. Otra cosa son las expectativas que tú tuvieras. Eso ya es otro tema que da bastante de sí, por cierto, pero os dejo algo que escribí hace un tiempo aquí.

Otra cosa es que no llegue a unos mínimos, véase de higiene, académicos, de convivencia, responsabilidades o de otra índole. Ahí está tu labor de poner límites. Pero tampoco es un problema.

También puede pasar que tu hij@ no quiera manifestar que es un problema, que no lo quiera admitir. Por vergüenza, por autoengaño… Pero si lo pasa mal o sufre, entonces, sí será momento de ponerse manos a la obra. Será un problema. O mejor, una situación a solventar. Prefiero llamarlo así, suena más ligero, ¿no os parece? Antes de que salte tu alarma, piénsatelo. Será mejor para ti y para tu hij@.

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