¿Para qué sirven las emociones desagradables?

Así como los órganos de los sentidos nos dan información sobre lo que nos rodea a nivel sensitivo, las emociones nos dan información sobre cómo nos sientan las cosas. Algunas son agradables, otras no.

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¿Tienes más miedos desde que tienes hij@s?

Si os preguntara qué emociones son las que más sentís desde el momento en el que habéis tenido hij@s, ¿cuáles serían? Estoy convencida de que muchas de ellas son emociones agradables, como el amor, la alegría, la plenitud, el cariño, el disfrute… Pero hay otras, menos agradables, que hay que saber gestionar.

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Cómo llevar eso de que tu padre no te quiera

Siempre me ha generado simpatía Manuel Díaz. Es el torero más conocido como Manuel Díaz “El Cordobés”. Al margen de su profesión, que es quizá lo que menos me guste, siempre lo he visto como un buen tío.

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Mi mente es como una reunión de vecinos

Me estoy leyendo “Las gafas de la felicidad” de Rafael Santandreu. La verdad es que me encanta el enfoque que le da a la psicología este hombre. De hecho lo comparto en mi forma de trabajar.

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Las cosas que no nos dijimos

Me estoy leyendo un libro que me está flipando. No es un bestseller, pero es que me está haciendo reflexionar una barbaridad… ¡Ha caído en mis manos en el momento oportuno! Con lo cual, para mí, ahora, es una pasada.

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El súmum de la resiliencia

La verdad es que cuando conocí la historia de María Belón, flipé. La suya y la de toda su familia. Pero ahora que he visto esta entrevista… Me quedo sin palabras.

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Y tú, ¿perdonas u olvidas?

Se nos ha planteado siempre esta dicotomía como única forma de reaccionar ante los agravios. Pero desde la inteligencia emocional, no es correcto.

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Me alegro de no haber sido tan buena

Mi niñez no fue feliz. Tampoco desgraciada. Tengo excelentes recuerdos de ella a la vez que otros muy desagradables.

Quienes hemos hecho un trabajo personal, solemos desmontar el mito de la infancia feliz. Aunque a veces, demasiado.

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Una razón por la que es tan difícil educar desde el respeto.

Poner atención en el lenguaje que utilizamos, es muy importante tanto en el trato que nos damos a nosotros mismos como en el que damos a los demás.

¿Eres consciente de cuánto te criticas? ¿O de cuánto te comparas? Si nos ponemos a analizar lo que nos decimos, alucinaríamos de lo crueles que somos con nosotros mismos. Pero con los demás, no nos quedamos cortos, porque proyectamos en ellos lo que no soportamos de nosotros.

Aunque cambie la forma, el castigo puede seguir existiendo.

Aunque cambie la forma, el castigo puede seguir existiendo.

Educamos como nos han educado y repetimos, nos guste o no. A no ser que nos hagamos conscientes de esta repetición, paremos y reflexionemos sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos y, conscientemente, elaboremos una forma mejor.

Lo he comentado en otros posts: educar a tu hij@ te enfrenta con el niño que fuiste. Y mientras no te reconcilies con él, te perdones y trates de quererte de forma incondicional, seguirás castigándolo por lo que tú no te perdonas.

Tener un hijo nos conecta con nuestro niño interior.

Tener un hijo nos conecta con nuestro niño interior.

Puede que suene muy extremo este planteamiento. Si tu infancia ha sido tratada con respeto, si te han querido de forma incondicional, si no fueron duros contigo tus padres, probablemente tengas mayor facilidad para ser comprensiv@ con tu hij@.

Pero por desgracia, no todo el mundo tiene esa suerte y cuando se encuentran con sus hij@s, a menudo se descubren haciendo lo mismo que sus padres hacían con ell@s.

Desde un enfoque psicoanalista, mientras no resolvamos nuestros problemas con nuestro niño interior, seguiremos teniendo problemas para educar a nuestr@s hij@s de una manera sana y coherente.

Lo que “funcionó” con nosotros no tiene por qué hacerlo con nuestros hijos, afortunadamente. Las incoherencias, los gritos, los castigos desproporcionados, el miedo, las faltas de respeto, los chantajes psicológicos, las manipulaciones… Pueden dar resultado a corto plazo, pero a largo plazo son bastante destructivos. Es hora de abandonar lo que realmente no sirvió con nosotr@s. No hemos muerto en el intento, no nos mató, pero podríamos tratar de evitárselo a las generaciones venideras.

Trabajo con adultos que arrastran secuelas psicológicas importantes por la educación que han recibido en su infancia, por la severidad con la que han sido tratadas, por las relaciones tóxicas en las que se han criado, por los chantajes que aún a día de hoy les minan la autoestima…

Tomemos conciencia de la importancia que tiene nuestro lenguaje en nuestr@s hij@s, pero antes, perdonemos al niño que fuimos.

No fuimos malos, no fuimos trastos, no fuimos torpes, no fuimos vagos, no fuimos irresponsables, no fuimos marranos. Fuimos niños tratando de aprender a vivir y a relacionarnos y que fallamos intentándolo, como todo aprendizaje, pero también acertamos, aunque se nos felicitara poco por ello.

Una vez asimilado esto, trataremos con mayor comprensión y respeto a l@s pequeñ@s.

Respeta a tus padres, respeta a tus hij@s.

Cuando somos niños, nuestros padres tienen que ser padres, no amigos. Esa jerarquía tiene una lógica, muy relacionada con los límites, el cuidado, el afecto, la madurez… Pero con el paso de los años, esto tiene que cambiar.

Definición de hijo.

Definición de hijo.

De hecho, para sanar las relaciones entre padres e hijos adultos, es necesario que el respeto sea la base de la relación. Y si hay respeto no debe haber ni juicios, ni manipulaciones, ni chantajes. Debe partirse de la igualdad.

Que el respeto inunde tus relaciones.

Que el respeto inunde tus relaciones.

Los reproches y las exigencias muchas veces son intercambiados dentro de las relaciones paterno filiales. El antídoto para estos elementos tóxicos de la comunicación son el perdón y la aceptación.

El perdón referido a lo que hubiéramos deseado que fueran nuestros padres: las cosas que no nos gustaron en nuestra niñez, lo que nos dolió, el abandono que sentimos, el habernos sentido tratados injustamente… Nuestros padres lo hicieron con nosotros lo mejor que supieron y suelen superar con creces a sus propios padres en cuanto a cuidados se refiere.

Perdonarnos supone aceptar nuestras partes menos agradables.

Perdonarnos supone aceptar nuestras partes menos agradables.

El perdón aplicado a uno mismo también es importante. Perdonarnos por habernos comportado mal, por “haberles fallado”, por no atrevernos a hacer o decir lo que hubiéramos querido. También lo hicimos lo mejor que supimos.

Cuando se instala el perdón, ya no hay lugar para el reproche.

Cuando se instala el perdón, ya no hay lugar para el reproche.

El antídoto para terminar con las exigencias, que a su vez conllevan chantajes emocionales, manipulaciones y culpabilidades, es la aceptación. La aceptación de que cada uno es como es, al margen de que te gustara que tu padre fuera más maduro o tu madre más responsable. Son como son y tratar de cambiarlos no te llevará más que a conflictos y discusiones. Acepta que eres como eres y eso está bien, al margen de que tus padres hubieran preferido que tu pareja tuviera otras características, tu trabajo fuera más estable o criaras a tus hijos más a su manera que a la tuya.

Es cuestión de establecer una tregua. Las relaciones íntimas son las más complejas. Las de pareja no se quedan atrás, pero las que se dan entre padres e hijos son realmente complicadas porque comienzan desde una desigualdad notable y necesaria, que debería ir desapareciendo con el tiempo, pero que en muchas ocasiones se mantiene hasta el final de nuestros días.

Este post ha sido inspirado por una consulta que me ha hecho una persona. Teme que su pareja no sea aprobada por sus padres por ser 10 años menor. De alguna manera, mientras no nos equiparemos a nuestros padres, mientras no nos tratemos entre nosotros como adultos y sin jerarquías, esos temores van a estar ahí. Pretender agradarles como cuando éramos niños, no es una buena fórmula para que estas relaciones maduren, porque primero debemos hacerlo nosotros mismos. Y madurar supone tener claro qué queremos, por qué lo queremos y que nos lo merecemos. Y a partir de ahí, si eso se convierte en nuestra base, nos dará igual que nos aprueben o no.

De la misma manera, alcanzar esa madurez, nos permitirá tratar a nuestros hijos desde el respeto, aplicado de una manera cuando sean pequeños y de otra más “de igual a igual” cuando sean mayores.