Estar bien estando mal

La tranquilidad está infravalorada.

Lo digo porque en momentos en los que se te amontonan problemas, conflictos, temas desagradables, enfermedades, te das cuenta de esto.

Y cuando digo tranquilidad me refiero a no tener preocupaciones. A disfrutar de ese momento en lugar de comerte la cabeza, pensando en lo que te va a decir el médico, en cómo se va a poner tu jefe cuando le digas que no vas a hacer ese trabajo porque está fuera de tus funciones o en lo tenso que va a ser el encuentro con esa persona con la que tuviste un desagradable incidente.

La frase “carpe diem” la empecé a escuchar de adolescente y me quedó bastante claro su significado cuando vi “El club de los poetas muertos”. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo se hacía. ¿Cómo es eso de vivir el momento? Intentaba disfrutar, hacía fuerza, pensaba “disfruta, Pilar”, pero no lo lograba. Además, parece que el carpe diem siempre ha ido unido a vivir experiencias intensas, divertidas, alegres, pero no tiene por qué. Disfrutar de la tranquilidad, nos da años de vida, al igual que nos los quita el no hacerlo. A veces incluso confundimos tranquilidad con aburrimiento, porque nos cuesta estar en calma.

Con el tiempo me he dado cuenta de cómo se hace eso de vivir el momento, al menos de la teoría. Tratar de estar en el aquí y el ahora, aceptar la realidad que estás viviendo, no negarla, no disociarte, vivir las sensaciones aunque sean desagradables, no pensar en lo que te falta sino agradecer y valorar lo que hay… Y, bueno, ir poniendo en práctica la teoría.

Por supuesto que no es fácil (ya estamos con la frasecita…), precisamente por ello, se hace en ocasiones contadas. Y por practicarlo poco, no acabamos de instalarlo en nuestra forma de actuar. La necesidad de controlar, la manía que tenemos de anticipar lo que va a suceder, las historias de miedo que nos contamos… Historias para no dormir, historias para no vivir… Llegamos a ser muy pesad@s, ese monólogo interno que tenemos dándonos la vara día y noche: “y si pasa tal cosa”, “ya verás cómo se va a poner”, “es que me va a matar”, “se va a poner como una furia”, “tengo que hacer algo”, “debo tratar de evitar que suceda”, “qué haré si me quedo sin trabajo”, “no podré soportar las consecuencias de tal cosa”, “me va a salir mal”, etc. Cada pensamiento de estos es añadir una piedra más a una pesada mochila que llevamos de un sitio a otro, pero que no nos sirve para nada bueno.

Pero cuando la vida te aprieta, cuando tienes un montón de flancos abiertos, de fuegos que apagar, de temas a solventar… ahí es cuando por pura supervivencia, o lo paras en algún momento este soniquete mortífero, o te rompes.

Es cuando tenemos la necesidad de hacer algo, cuando lo aprendemos de verdad. Aprender a no pensar en aquello sobre lo que no puedes actuar cuesta muchísimo, pero cuando ves que o lo haces o te quedas sin aire, al final lo aprendes.

Cuando valores que puedes estar tranquil@, que no puedes solucionar en el presente los problemas que tengas, date permiso para descansar, para estar en calma. No por preocuparte van a solucionarse los problemas, sólo podrás hacerlo cuando te ocupes en el momento. Aprender a disfrutar de la tranquilidad, a pesar de que no todo esté bien, es una de las bases de la felicidad.

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Un comentario

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