¿Por qué consuelo de tontos?

Sabemos esta coletilla a qué refrán acompaña, ¿no? Mal de muchos… Pero consuelo al fin y al cabo.

Desde antes de comenzar (conscientemente) a aprender la inteligencia emocional, yo ya notaba que el hecho de sentir que era la única persona a la que le sucedía algo desagradable, hacía que eso que me pasara fuera peor. ¿No es uno de los cometidos de las asociaciones en las que se agrupan, por ejemplos, afectados por determinada enfermedad? Claro que buscan soluciones y tienen otros objetivos, pero saber que estás rodeado de personas a las que les pasa lo mismo que a ti… eso acaricia el alma.

No se trata de pretender que la gente esté mal para que tú lo estés menos, ni que le desees la desgracia a nadie, simplemente, acompaña.

Realmente, a la mayoría de los humanos nos suceden las mismas cosas en la vida: momentos duros, desengaños, alegrías, momentos de euforia, momentos de desesperanza, chascarrillos, anécdotas divertidas, embarazosas… Y sienta genial compartirlas, las buenas y las malas.

Eso sí, qué mal sienta cuando cuentas algo que para ti es un problema, algo que no te acaba de salir, algo contra lo que luchas, que te frustra, y justo tienes al lado a alguien que te dice lo sencillo que es eso para esa persona, que no tiene ninguna dificultad y que es una tontería…

Recuerdo que una vez comentaba con un grupo de compañeras que yo solo voy de tiendas cuando son rebajas, porque como me gusta tanto comprarme ropa, al menos, si la compro, que sean saldos. Si voy cuando los precios no están rebajados, es una pequeña tortura para mí, porque puedo ver cosas que me gustan un montón, pero tengo que hacer un esfuerzo para no comprarlas, o me pego varios días pensando en que me podría haber comprado aquella camisa coral tan chula… O si al final acabo comprándome algo, no me siento demasiado bien si no me hacía falta.. En fin, que me lo pongo fácil para controlar esa parte consumista de mí, y no entro más que en rebajas.

Pues comentando esto, una de las chicas que escuchaba mis peripecias, comentó que a ella eso no le pasaba, que podía entrar perfectamente en las tiendas, que se autocontrolaba perfectamente en no comprarse algo aunque le sentara estupendamente y que además, al tiempo solía encontrar en internet la prenda en cuestión por un precio irrisorio.

Sin entrar en la veracidad de sus palabras… Se me quitaron las ganas de seguir hablando de mi necesidad de autocontrol con el tema compras.

No hace falta que a todo el mundo le pase lo que a mí, pero contar un problema y que a nadie le pase lo mismo, te deja sol@. Sentirte que eres la única persona en el mundo a la que le surgen problemas, hace que te sientas desgraciad@. No sólo por el problema, sino por creer que eres la única a la que le pasa, y la sensación de injusticia cobra protagonismo.

Si nos contáramos más las cosas que nos pasan, nuestros temores, probablemente podríamos aligerarlos y relativizarlos y, sobre todo, nos sentiríamos más acompañados en nuestros sinsabores. Es básicamente, ser empáticos, reconocer que nos pasan cosas buenas y malas, no engañarnos, compartirlo, soltarlo y aceptarlo. Y, además, sentirnos más unidos a aquellos a los que les pasa lo mismo que a nosotr@s.

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