Ser hijo. Ser padre.

Tod@s somos hij@s.

Esta vivencia podría ser suficiente para enfrentarnos a la labor de educar.

¿Cómo puede ser posible que algo como la familia, tan básico para la supervivencia de la especie humana, sea un foco de tantos conflictos? Y no sólo me refiero a los que se tienen con los hijos pequeños o adolescentes. Sino a los que se tienen entre padre e hijos adultos. Lejos de terminar en esta etapa, se pueden cronificar.

¿Qué pasa cuando, como hijo adulto, eres consciente de que tus padres no aceptan tu estilo de vida? ¿Cuando crees que no has alcanzado sus expectativas? ¿Cuando sabes que hubieran preferido que tomaras otras decisiones? ¿Cuando a día de hoy aún te dicen lo que tienes que hacer? Quizá no haya cambiado tanto la relación como cuando discutías por la hora de llegada o te reprendían por las malas notas. Quizá ya tienes canas pero sigues temiendo que no aprueben la forma de criar a tus hijos o que dejes un trabajo seguro por otro que te apasiona más, pero más incierto.

Mirar la relación que tenemos con nuestros padres, nos puede servir muchísimo para subsanar la que tenemos con nuestros hijos.

Si no somos conscientes de la educación que hemos recibido, de cómo se sintió el niño que fuimos, vamos a repetir patrones. La educación es algo tan difícil, que es prácticamente imposible que no haya habido nada que no nos haya marcado. Y eso que nuestros padres lo hicieron con nosotros mejor lo que lo hicieron nuestros abuelos con ellos. Es tan difícil, en parte, porque cuando somos niños tenemos muy pocos recursos para protegernos y gestionar las cosas que nos suceden. A menudo, el medio que nos rodea lo percibimos como hostil y muchos estímulos externos, como amenazas.

Cuando no estás en paz con el niño que fuiste, si sientes que fiuste malo, si hay cosas de las que te sientes culpable, mientras no te perdones, tu hijo estará sufriendo las consecuencias de tus actos. Pagarás con él lo que no te has perdonado a ti mismo.

Yo me he reconocido haciendo lo mismo que mis padres hacían conmigo, reaccionado igual que ellos, cuando he estado relacionándome con niños, a pesar de que no me gustara en absoluto lo que hacían, a pesar de que me estuvieran haciendo sentir mal. Y a pesar de que no quería reproducir lo que recibí, me salían esas reacciones de lo más profundo de mi ser, con una vehemencia impactante.

¿No os ha pasado el sosprenderos a vosotros mismos hablando como vuestro padre o madre? ¿No os habéis sentido aterrados justo al segundo siguiente? ¿Qué pasa? ¿Ahora soy yo el malo, ahora que estoy al otro lado? Justo ahora que podría romper la cadena de “como me lo hicieron, lo hago”, cojo y lo repito. Claro, que todo esto esto sucede de forma inconsciente. En el momento que tomamos conciencia de ello, automáticamente, nuestra conducta comienza a cambiar. Pero hemos de ser valientes y seguir atentos a nuestro comportamiento. Porque todo esto supone seguir mirando al pasado con cierta frecuencia. Tu hijo va a crecer y te va a recordar a ti en todas y cada una de las etapas que pase.

Por lo general es algo desagradable ir recordando algunas de las cosas que no supimos gestionar en su momento y, por ello, podemos tender a no mirar al pasado. Porque duele. Escuece. No es cómodo. Pero, ¿sabes una cosa? Aquello que sucedió, ya pasó. No te mató. Probablemente, hasta te hizo más fuerte. Te convirtió en lo que eres ahora. Ni tan mal, ¿no?

Dicen que a un hijo se le quiere como a nadie en este mundo. No tengo la experiencia. Pero si no lo haces por él, por vuestra relación, por tu relación contigo, por el niño que fuiste… ¿Por quién si no?

Las heridas sin curar de la infancia nos manejan, lo sepamos o no, nos demos cuenta o no. Nadie dijo que fuera fácil curarlas, pero sí es posible. Cada vez que sientas que estás haciendo algo con tu hijo que no te haga sentir bien, pregúntate: ¿cuándo me reprendieron a mí de esta manera? ¿Qué había hecho? ¿Era para tanto? Recuerda cómo te sentiste, piensa que no merecías ese trato, perdónate por haber hecho algo que “no debías”, perdona también a tus padres porque no sabían hacerlo mejor. Y recuerda que tu hijo no debe pagar lo que tú no te has perdonado.

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