Hace poco, zapeando, me encontré con la peli “Volando voy”. Va de un chaval que en los años 70 a los 11 años ya había cometido más de 150 robos. El primero con unos 7 años. Si no la has visto… voy a hacer un spoiler, te aviso.
A este niño, Juan Carlos Delgado, se le conoció como El Pera. Seguro que también os suenan otros como el Vaquilla o el Torete.

Juan Carlos con 9 años.
Fenómenos resultado de niños que pasan mucho tiempo en la calle, padres con poco tiempo y personalidades impulsivas.
Lo bueno de este caso es que el chaval, cuando ya parecía perdido, duro, durísimo, sin apenas mostrar emociones para tener tan pocos años, reviene.
Imagino que la película es bastante fiel a lo que sucedió.
Tras cuatro años, desde los 7 hasta los 11, de haber cometido infinidad de robos, lo ingresaron en un centro madrileño, “La cuidad de los muchachos”. Y allí cambió su conducta. De hecho, uno de sus trabajos actuales es dedicar parte de su tiempo a ser educador de ese centro.

La ciudad de los muchachos tiene su propio ayuntamiento.
Es una historia con final feliz, una de las pocas que conozco.
Realmente, se describe un comportamiento muy duro a lo largo de la película de este niño. Tanto que parece que sea imposible atravesar la armadura que se había construido. Parecía que cualquier cosa, cualquier amenaza o intento de los mayores por “enderezarlo” fueran en vano.
Hay en el argumento un personaje clave, un educador llamado Alberto, al que hoy en día Juan Carlos sigue llamando tío Alberto. Sin él, creo que el final feliz, no se hubiera dado.
Un adulto que le dio muchas oportunidades, que nunca dejó de tener confianza en él, aunque a punto estuvo… Yo que he trabajado en un centro de menores sé que por propia protección, es fácil dejar de mantener esa confianza.
Tras ver la película, vi alguna entrevista de Juan Carlos actual, de adulto. Tenía mucha curiosidad por conocer su visión de la historia.
Comentaba que la falta de atención que vivió por parte de sus padres, fue clave. Tenía cuatro hermanas más, su padre trabajaba de sol a sol y pasar tiempo en la calle con muchas oportunidades de aburrirse, le llevaron a tomar ese camino.

Escena de la película en la que “El Pera” está haciendo un puente a un coche.
Argumenta que el hecho de que los demás tuvieran cosas que él no tenía, también le impulsaba a robar. En una sociedad en la que el consumismo empezaba a tener su auge y sin tiempo para ser educado en valores, ganaban los de la calle.
Imagino que su personalidad hiperactiva, como algunos lo definieron, su valor, llegando a la temeridad y su capacidad de liderazgo, hicieron el resto del trabajo.
Pero con este post, lo que quiero que quede claro es la importancia de pasar tiempo con nuestros hijos. No porque nos den problemas o porque puedan convertirse en delincuentes. Sino porque creo que en parte, en gran parte, que este niño fuera tan imparable en todos los aspectos, es porque parece que le diera igual todo. Quizá por haber tenido la sensación de darle igual a todo el mundo.


