Preocuparse no sirve para nada

A veces todo se pasa sin más.

Muchas de las cosas que tememos no acaban sucediendo nunca.

¡Eso es mucho!

¡Eso es mucho!

Hace casi un año escribía este post: Tengo miedo. Ahora veo que todo el miedo que sentí y que se prolongó meses, no era más que falta de amor hacia mí.

Lo primero es que fue todo fruto de mi imaginación. Temía que sucediera algo y me lo imaginaba. ¿Sabes que las emociones que sentimos tienen la misma intensidad sin importar que sean fruto de la realidad o de nuestra imaginación?

Puede que pienses que no, que no sientes lo mismo imaginándote que te ha tocado la lotería a que te toque de verdad. ¿Pero a que sí te montas unas películas tremendas sobre todo lo malo que te va a pasar cuando te enfrentas a una situación difícil?

¿A quién le dejas que te cuente la película?

¿A quién le dejas que te cuente la película?

Cuando tienes que decirle a tu jefe que dejas el trabajo, cuando tienes que hacer un examen en el que te juegas un montón, cuando quieres decirle a un compañero de trabajo que estás hart@ de hacer su trabajo, cuando vas a empezar una nueva relación…

Así que podríamos deducir que nuestra capacidad imaginativa para temernos lo peor está mucho más entrenada que para imaginarnos lo mejor. ¿Por qué será?

Hace unos años me fui a un curso que me interesaba un montón. Se hacía en la costa de Barcelona. Tuve todo tipo de temores: que no supiera llegar en coche al sitio, que llegara demasiado tarde y el hotel hubiera cerrado, que la reserva que hice a través de un web fuera un timo y no tuviera dónde dormir, que el alojamiento no fuera lo que esperaba, que al día siguiente no encontrar el lugar del curso…

A veces pienso que podría ser directora de películas de angustia, porque tengo una imaginación… Podría haber pasado cualquiera de estas cosas, no pasó ninguna. Pero mientras yo me imaginaba todo esto, lo estaba viviendo.

Y ahora pienso, ¡pero qué pérdida de tiempo y de energía! Pero sobretodo… ¡Qué mal me he tratado! Si yo tuviera a mi lado una persona que estuviera metiéndome semejantes miedos la mandaría… ¡bastante lejos de mí! Pensaría que no quiere nada bueno para mí y disfruta angustiándome.

Así que… ¿Por qué lo hago yo? A ver, no es masoquismo. Existe una explicación lógica de por qué actuamos así. Está en la línea de ser previsores. Pero el miedo no nos beneficia.

Si temo no llegar a mi destino, con tener miedo no es suficiente. Debo asegurarme del camino que tengo que seguir.

Si temía llegar demasiado tarde, con llamar al hotel y asegurarme de que la recepción iba a estar abierta, hubiera sido suficiente. Y de paso asegurarme de que la reserva estuviera bien hecha.

Pero claro, si me quedo solo con el miedo, éste me paraliza y me impide buscar soluciones.

Lo contrario al amor no es el odio, sino el miedo, pero de esto ya os hablaré la semana que viene.

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