Mi mayor descubrimiento

Toda la vida crecí escuchando a mi alrededor cómo era el mundo, la gente, la vida. El mundo no molaba mucho. La vida, sobre todo la adulta, me la pintaban muy aburrida. El trabajo, un sufrimiento. En pocas palabras, sota, caballo, rey.

Estaba ya todo establecido, estaba todo hecho. Si las cosas eran así, era porque no podían ser de otra manera. Y ni te molestaras en imaginar otra cosa porque entonces eras una ingenua.

¿Os acordáis del anuncio de Cucal? Las cucarachas nacen, se reproducen… Pues nosotr@s igual…

 

No sé si la gente de mi generación tiene esta misma sensación. Probablemente no, debo ser yo, que no debía estar rodeada de mucha creatividad vital.

Recuerdo también que cuando empecé a estudiar magisterio, los mensajes que recibíamos de algunos profesores eran bastante pesimistas con respecto a la posibilidad de trabajar de maestr@s. La única opción era pegarte media vida opositando. Esa era la única salida.

Yo quería vivir en un pueblo pero me decían que yo no aguantaría. Que yo me había creado en un entorno urbano y que era carne de cemento y hormigón. Y que no se podía concebir irse a vivir a un pueblo, que no. ¿Y de qué iba a vivir? En los pueblos no hay trabajo, bla bla bla.

Qué mal me lo pintaban.

Recibía mensajes tipo “las cosas se hacen así”, un tiempo verbal impersonal, que a mí me hacía sentir con muy poco poder sobre cómo hacer las cosas. El “como dios manda”, me sonaba igual de impersonal, porque además, la forma en la que se supone que había que vivir o como se supone que había que hacer las cosas, no me gustaba nada.

Esa forma de ver la vida, me iba pesando, eran como losas sobre mi espalda. Hacían que viera el presente y el futuro súper anodinos. Además también había crecido creyendo que había gente con suerte y gente que no la tenía. Y evidentemente yo creía que estaba en el segundo grupo.

No sé en qué momento sentí que ya empezaba a ser demasiado insoportable, pero sé que entré en crisis. Y gracias a esa crisis terminé por darme cuenta de que yo podía escoger mi propia visión de la realidad. Yo me había creído que las cosas eran como me habían dicho que eran. Pero había sido una decisión inconsciente. O nadie me había dicho que podía no creer lo que me decían. Ése fue mi gran descubrimiento.

El día que yo descubrí que mis creencias las puedo escoger, me sentí realmente liberada. Porque no hay mayor libertad que esa. En mi mente mando yo. Y creo que ése es el mayor acto de rebeldía. Porque es el comienzo de todo. De ver todas las posibilidades que la vida tiene. Si te las imaginas, las puedes crear. Pero para eso hay que darse permiso.

Estudié magisterio y no oposité. Dejé un tiempo de estudiar y la gente me decía que una vez que dejabas de formarte, luego ya era muy difícil volver a hacerlo. Pues lo hice. Varias veces. Me fui a vivir a un pueblo a pesar de todo. Y luego a otro. Durante mucho tiempo estuve buscando una empresa que me contratara para hacer lo que hago actualmente, pero no la encontré. Así que me la inventé.

Este post no va de hablar de mis logros, o al menos no era la intención. Va de que no te creas todo lo que te cuenten. A ser posible, cuestiónalo todo. Pregúntate por qué haces lo que haces, revisa si tu forma de ver el mundo te limita. Porque las cosas nos como son, son como eliges verlas.

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