Llevo muchísimo tiempo sin escribir un post, pero el otro día me inspiré. Poco a poco vamos teniendo claro lo que es poner límites, pero tengo la impresión de que hace falta algo más.
Hemos aprendido que los límites con l@s hij@s son muy importantes, básicos. Al igual que los límites con ell@s tienen que ir acompañados de consecuencias, cuando ponemos límites a otras personas, la acción nos tiene que acompañar.
¿Cómo ponemos un límite? Muchas veces con palabras, como por ejemplo, diciendo “no me gusta que me hables así” cuando recibimos un trato poco respetuoso por parte de otra persona.
Otras veces lo hacemos corporalmente cuando, por ejemplo, alguien se aproxima demasiado a nuestro espacio personal, damos un paso atrás para recuperar ese espacio.
Hay más forma de poner límites, pero ahora me voy a centrar en los límites que ponemos verbalmente con personas con las que nos solemos relacionar.
Si yo siento que tengo que poner un límite, puedo hacerlo de manera verbal diciendo “preferiría que no hicieras esos comentarios sobre mí”, “me molesta que me hables así” o “no te consiento que me hables así” tras lo que hemos considerado una falta de respeto. Digamos que puede haber grados dentro de la asertividad que manejemos, del tipo de relación que mantengamos con esa persona, del contexto en el que estemos… Estos ejemplos podrían ser como una progresión en la intensidad verbal del límite.
Recordemos que los límites se ponen para salvaguardar nuestra seguridad, dignidad… Pero que no nos garantizan que se vayan a respetar. Es como las normas de tráfico, están para facilitar la convivencia en la carretera, pero no son suficientes para que se consiga el objetivo. ¿Qué hace la DGT? Impone consecuencias en forma de multas y de quitarte puntos.
Pues con las relaciones tiene que ser algo parecido. Sólo con expresar verbalmente lo que queremos, no es suficiente. Tiene que ir acompañado de acciones. “Si sigues gritándome, me iré”. Decir y HACER. Porque si lo decimos pero no lo hacemos, la información que está percibiendo la otra persona es que somos inconsistentes en lo que decimos y hacemos. Y esa actitud puede favorecer que ,lejos de respetar ese límite, lo transgredan con mas facilidad.
Con lo cual, si tras haber verbalizado que no quieres determinado trato, sigues recibiéndolo, hay que pasar a la acción.
Aquí el miedo al rechazo, al qué dirán, a quedar mal, a ser mal vist@… Nos tratará de boicotear, pero hay que poner límites también a esos miedos, porque lo que sí que da miedo de verdad, es permitir que te traten mal.


