Cuando te tratan mal, no te hagas tú lo mismo

¿A quién no le ha pasado que se ha sentido mal tratad@ y no ha sabido responder de la manera que le hubiera gustado? Ya contesto yo: esto le pasa a todo el mundo.

Por mucho que creas que hay gente que está siempre con el dardo preparado, nadie está exent@ de que le pase esto.

Ante un trato injusto la emoción que solemos sentir es enfado. Y está muy bien que lo sintamos, ya que de esta manera, sentimos que nos están tratando  de una manera irrespetuosa y la emoción nos da la fuerza para expresarlo.

El problema es que no siempre sabemos actuar en el momento o decir lo que nos parece más adecuado. El factor sorpresa es el que no nos deja actuar con fluidez. Ir pensando por la vida que la gente te va a atacar, no es normal, ni sano. Eso supondría estar todo el tiempo en tensión, a la defensiva y amargad@.

Tampoco es cuestión de ir a sí por la vida.

Cuando nos tratan mal, nos sentimos mal, aunque es bueno sentirse mal, porque de esa manera nos damos cuenta de que nos tenemos que defender. Pero, además, aparte de sentirnos mal por eso, nos solemos sentir muy mal también por no haber sabido reaccionar de la manera adecuada. Y esto ya no está tan bien.

Te han hecho daño, vale. Pero no sigas haciéndote tú daño también. No te hagas lo mismo que te han hecho.

Sé que estas situaciones son fruto de pequeños malestares muy frecuentes. Esos pensamientos de “tendría que haberle dicho”, “me he quedado callada como una tonta”, “no he sabido qué decirle” nos hacen a veces más daño, que lo que nos ha hecho o dicho la otra persona.

Podemos cambiarlos por una actitud más comprensiva con nosotr@s mism@s y asumir que ante la sorpresa es muy difícil ser hábil con las palabras. Pretender quedar como el vencedor del careo no es muy realista, ni siquiera positivo. Esa necesidad surge del ego.

Debemos entender que lo que dice Pedro de Juan, dice más de Pedro que de Juan. Es decir, que quien pretende ofender o quien trata mal, se está dejando más en evidencia a sí mism@ que a la persona a la que pretende molestar.

Hay uno de los cuatro acuerdos que dice que la gente lo te hace cosas, sino que la gente hace cosas y tú decides cómo te las tomas. Pues también podríamos ir asentando esto en nuestras creencias, nos vendría muy bien. Cuanto menos personalmente te tomes las cosas, menos te afectarán y más fáciles serán de manejar las emociones que te generen.

Además, hay una creencia que tenemos que podríamos desterrar. Es la de que si no respondo en el momento, ya no vale. Anda, ¿y por qué no? Cuando yo era pequeña mi hermana mayor me chinchaba mucho y a mí se me ocurrían réplicas a la media hora. Entonces ella en tono burlón me decía “¿llevas pensando esa respuesta todo ese rato”? Lo cual me hacía sentir ridícula. Pero ahora no lo veo así. Prefiero decirte algo, aunque ya no esté en el supuesto “tiempo reglamentario” y quedarme tranquila, que no callármelo.

Quien va por la vida con la actitud de soltarle frescas a la gente, al no recibir réplica, se crece. Si la recibe, aunque sea tarde, la próxima vez puede que se lo piense dos veces. La asertividad sirve para esto, para decir lo que quieres decir. Porque si no lo haces, siente mucho peor y no es nada bueno para la autoestima.

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