Cuando hablamos de límites en educación, ¿sabemos de qué hablamos?

Dar clases a padres y madres me encanta. Surgen diferentes tipos de interacciones: explicaciones, ejemplos, debates, experiencias, dudas, consejos… Y a veces nos enredamos en un tema, o yo me enredo.

El otro día me pasó esto con el tema de los límites. Y en el viaje de vuelta creí dar con el quid de la cuestión. Esto me pasa con frecuencia, sinapsis que se dan al rato.

En la sesión se dio una interesante discusión sobre si poner límites o no. Yo, que soy muy pro límites, argumentaba mi postura, pero no fui capaz de transmitir la importancia que tienen.

Y luego pensé en la cuestión que encabeza este post. Quizá es que no está claro qué es poner límites.

¿Es prohibir?

¿Es decir que no?

¿Es vigilar que cumplan las normas?

¿Es reaccionar ante una conducta que no nos parece adecuada?

Quizá el problema de poner límites es que nos visualizamos así.

Quizá el problema de poner límites es que nos visualizamos así.

Pues sí, es todo esto. Pero dentro de un contexto.

No es hacer nada de esto a toda costa siempre y pase lo que pase.

No es siempre de la misma manera.

Influye la edad, el momento, si se ha hablado previamente del tema o no, si la conducta en cuestión está normativizada, si es la primera vez, la gravedad…

Quizá cuando hablamos de límites pensamos en que la única manera de hacerlo es de forma autoritaria, sin explicación, coartando la libertad del otro. Y no es ésa la única.

Se pueden poner límites de forma democrática. Con cariño. Razonables. Se puede ser flexible de vez en cuando, que no laxo. Se pueden explicar las cosas. Se debe dar ejemplo.

No significa vivir a golpe de castigo ni imposición, y menos a medida que los críos van creciendo (si desde pequeños ya han ido teniendo límites, de mayores no necesitarán tantos).

Y está bien que de vez en cuando desaparezcan esos límites para ver cómo ell@s mism@s se van regulando. A veces no hace falta ni eso, ya que a vuestr@s hij@s la vida les va a colocar en muchas situaciones en las que tengan que reaccionar sin vuestra supervisión.

Y dependiendo de cómo lo hagan, iremos viendo si se van autorregulando o no. Porque, a fin de cuentas, lo importante de poner límites, no es que cumplan las normas. No es que se porten bien. El fin de poner límites va más allá. No veremos sus resultados a corto plazo.

Hay dos objetivos importantísimos y trascendentales que se transmiten a través de los límites en la vida del niño: que se sienta protegido y que aprenda a tomar sus propias decisiones. Y si estos objetivos se cumplen, tendrá cubiertos dos aspectos muy importantes para su desarrollo y para su felicidad.

Así que espero que esta reflexión sirva para aclarar el tema de los límites que comenzamos hace unos días. Y aunque no fuera este el quid de la cuestión, a mí me ha servido para aprender un poco más.

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Un comentario

  1. Los límites deben entenderse como la protección y guía que los padres estamos obligados a proporcionar a personas en formación que carecen de toda la información y experiencia necesaria para tomar la mejor decisión en un momento dado. La hora de dormir, de salida, el tiempo que pueden pasar frente al Tv, computadora o juego, la decisión de qué comen, y qué pueden agarrar o zonas a donde no entrar…son parte de ello.. Si bien no se puede andar explicando tooodo al detalle, a mí me ha ido muy bien explicandole a mis hijos y en cada etapa de su crecimiento el motivo de esos límites y cómo algunos pueden moverse en función a que yo vaya percibiendo que están en capacidad de manejar….y otros que no se moverán pues son parte de las reglas de convivencia en casa.. Ahora que puedo ver hacia atrás…creo que concluyo que la mayoría de adultos subestimamos la capacidad de comprensión que tienen los pequeños y su necesidad se “sincronizar” con nosotros, pues somos su garantía de supervivencia…si se trabaja con ello, se genera una confianza única y duradera….que va a ser sumamente útil sobre todo en la adolescencia y luego en la juventud cuando empiezan a volar con sus propias alas.

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