¿Crees que mereces lo que deseas?

El otro día hablando sobre autoestima en una sesión de formación, estuve hablando sobre el merecimiento y caí en que nunca había escrito sobre ello en profundidad. Así que allá voy.

Es un término que conocí en su dimensión psicológica hace bastantes años, cuando empecé a hacer trabajo personal. Para mí fue un descubrimiento a la par que una barrera difícil de tumbar.

El merecimiento tiene mucho que ver con las creencias que tenemos sobre el mundo y sobre nosotr@s mism@s. Y sale mucho a relucir cuando nos planteamos metas. Aunque casi siempre lo hace de forma velada.

Recuerdo en aquella época cómo conocí a gente que se montaba negocios y le funcionaban de manera excepcional pero sin saber muy bien por qué, de repente, se le hundían.

También casos de personas que buscaban parejas con una serie de características deseables, las encontraban, pero pronto rompían.

Las formas que tiene el autoboicot son diversas.

Cuando intentaban encontrar la causa de estos finales indeseables, se intuía el autoboicot. Boicotearse a un@ mism@ es ponerse trabas, normalmente de manera inconsciente, para no conseguir el objetivo deseado o para perderlo una vez conseguido.

¿Y de dónde viene ese autoboicot? Muchas veces, de la falta de merecimiento. Si no creo que me merezca que las cosas me vayan bien en la vida, al final favoreceré que me vayan mal.

Todo esto tiene mucho que ver con el autoconcepto que tengamos. Igual que en l@s niñ@s, en l@s adultos existe la profecía autocumplida o efecto Pygmalion. Pero en lugar de que nos influya lo que los demás nos digan lo que somos, nos influye lo que nos decimos nosotr@s mism@s. Si nos decimos que somos una cosa, es muy difícil que nos comportemos como si fuéramos otra.

Por ejemplo, si pienso que soy una persona mediocre pero empiezo a tener éxito profesional, eso chocará con mi autoconcepto. Y como la mente necesita coherencia, me autoboicotearé para acabar siendo tan mediocre como creo que debo ser. Otra opción es que tome conciencia de esa incoherencia y cambie la idea que tengo sobre mí. Pero este segundo paso es más difícil de dar, porque enfrentarte con tus propias creencias supone cuestionar los cimientos de nuestro pensamiento y eso hace tambalearnos a gran escala. Y si además son creencias sobre ti mism@, ni te cuento.

Una vez que te convences de que no eres eso que creías, ya estás más preparad@ para estar de tu lado y ser tu propi@ aliad@.

El siguiente paso es creer que mereces aquello que deseas.

Hay muchas cosas que yo he conseguido en mi vida pero soy consciente de que casi nunca he creído merecérmelas en un principio. Hasta que no he tumbado el “no me lo merezco” no he podido trazar el camino de llegar hasta ellas.

Cuando, por ejemplo, cuando vivía en Zaragoza, pensaba lo guay que tendría que ser vivir en Ansó, nunca me imaginaba que yo pudiera ser una persona tan afortunada como para conseguirlo. Pensaba que la gente con suerte era otra, no yo. Que yo no era una persona con suerte y por lo tanto, no merecedora de semejante privilegio. Además, entraba en juego un concepto que tenía que ver con que no me había ganado semejante premio. Creía que tenía que pasarlo peor viviendo en ciudades que no me gustaban, trabajando en trabajos imperfectos y sufriendo.

Y aquí es cuando entra en juego la autoestima. ¿Tan poco me quiero como para ni siquiera permitirme soñar con algo? ¿Tan inalcanzable es ese objetivo? ¿Tan especial es la gente que lo consigue? ¿Por qué no puedo formar parte de la gente que consigue sus metas? ¿Acaso no somos todos iguales?

A través de estas preguntas y otras muchas cuestioné aquellas creencias sobre la vida y sobre mí durante mucho tiempo. Poco a poco las fui cambiando, lo cual me fue abriendo la posibilidad de intentar conseguir mis objetivos. Permitirme intentarlos fue el primer paso y creerme merecedora de conseguirlos, el segundo. Hubo y hay mucho trabajo detrás, pero si no hubiera cambiado esos pensamientos, nunca los hubiera conseguido.

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