Mi día de esquí: tomar decisiones y no morir en el intento

El otro día decidí irme a Candanchú a esquiar, aunque me llevó lo mío tomar y mantener la decisión.

Normalmente no suelo ir, por varias razones. Una de ellas es por lo lejos que está. Otra por la pasta que supone ir hasta allá, alquilar material, comer, el forfait… Luego está el tema moral, no me parece un deporte especialmente respetuoso con la montaña… En fin, que me sobran razones para no ir.

Hacía tres años que no iba. Pero llevaba unos días con el ánimo un poco bajo, tenía tiempo libre y me llegó un dinero inesperadamente. Así que pensé que un día entre semana con el anticiclón eterno y las pistas vacías, podía sentarme bien. Esquiar siempre me ha gustado, es una manera de sacar a jugar a mi niña pequeña.

Y decidí ir. Me levanté por la mañana y decidí ir. A pesar de los argumentos que normalmente me hacen tomar la decisión de no ir, había otros de peso que eran que me iba a sentar bien, que tenía tiempo y dinero para hacerlo. Y eran de suficiente peso.

Una vez tomada la decisión, empezaron a entrarme las dudas. Más que entrarme… Les abrí yo la puerta…. Es que está muy lejos. Vaya pasta me voy a dejar entre unas cosas y otras. Quizá debería quedarme en Ansó y trabajar como una persona formal. ¿Y dónde alquilaré los esquís? ¿Habrá algún problema a la hora de sacar el forfait? ¿Me harán el descuento o tendré que pagarlo entero? ¿Y dónde está mi coherencia y mi moralidad? ¿Estaré contribuyendo al destrozo de la montaña?

Y yo sola… ¿No es una irresponsabilidad? ¿Y si me pasa algo? Nadie sabrá dónde estoy… ¿No me aburriré? Y si me aburro y quiero parar e irme pronto, ¿no habrá sido un despilfarro y una pérdida de tiempo el día? Cuando vuelva a Ansó, ¿tendré ganas de trabajar o estaré tan cansada que será un día totalmente improductivo?

Ante tanto “y si…” un buen “¿y qué?” despeja dudas.

Como veis, un montón de dudas. Pero ya había decidido. Es algo que nos pasa muchas veces. Decidimos algo, pero por el camino, seguimos dudando. Esas dudas, realmente son inseguridades que pueden llevarnos a dudar de nosotr@s mism@s y a desandar el camino recorrido. Y en ese punto, volver a preguntarnos por qué no hacemos eso que nos habíamos planteado en un principio. Es decir, un bucle con todas las letras.

Además, las posibles consecuencias de todas mis resistencias eran tonterías, cosas sin importancia. Con no repetir, problema solucionado.

También recordé algo que leí en uno de los libros de Santandreu. La idea era algo así como que una vez que tomes una decisión, no te la cuestiones. Llévala a cabo y luego verás los resultados.

Así que eso hice. Intenté parar estos pensamientos desayunado. Yendo de viaje. Aparcando. Yendo a las taquillas. Entrando en el local del alquiler. Haciendo fila en el primer arrastre. Y poco a poco, las dudas fueron perdiendo fuerza. Las preguntas cesaron. Me centré en estar ahí y esquiar.

Un buen día de esquí. Lo mejor, la sensación de haberlo hecho.

Y resultó estupendamente. Es difícil domar la mente, pero hay trucos. No es nada fácil cambiar hábitos de pensamiento, pero sabiendo que existen, se pueden detectar mejor. Hemos automatizado sin querer malos hábitos mentales, pero con entrenamiento, se pueden cambiar. Cuando tomes una decisión, llévala a cabo, no la vuelvas a pensar. Y si quieres saber más sobre gestionar pensamientos y emociones, este ebook puede ayudarte.

Marcar como favorito enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.