Cuando te enfadas… ¿Seguro que estás enfadad@?

El otro día, escribiendo sobre educación, toqué el tema del enfado como actitud muy recurrente a la hora de educar a l@s crí@s. Pero también creo que es una actitud simplemente muy frecuente, pero poco constructiva.

El enfado no es ni bueno ni malo. Es una emoción, más bien desagradable. Como todas las emociones, nos da un mensaje: algo es injusto para ti. Como he escrito en varias ocasiones sobre este tema, aquí te dejo un enlace en que puedes saber más sobre para qué sirven las emociones desagradables.

Muchas veces en mis cursos pregunto “¿qué información nos da el enfado?” y la respuesta muchas veces es “que algo no te gusta”. Pero algo puede no gustarme y no por ello enfadarme. Aunque a veces sí lo hacemos. Porque nos enfadamos con mucha facilidad. Tengo un alumno que dice que “no se puede tener la piel tan fina” cuando se refiere a que las personas a veces nos ofendemos con mucha facilidad. Me gusta esa expresión, porque al final, tener la piel fina nos perjudica a nosotr@s mism@s.

El enfado.

Yo, durante una época de mi vida, vivía enfadada. No fue corta. Mis padres tenían un hostal y yo tenía que trabajar en él todas mis vacaciones. Desde los 14 hasta los 22 años. Sin sueldo. Muchas horas, todos los días. Mientras mis amig@s tenían vidas de adolescentes despreocupados, trasnochando y durmiendo hasta las tantas, yo sufría pensando en la injusticia que eso suponía. Y era una borde. Estaba amargadísima. Pero ese amargor se ampliaba a todo. No solo al tiempo que pasaba trabajando, sino a mi personalidad: con mis amig@s por ejemplo que eran unos sant@s aguantándome. Ese enfado copaba mi carácter y yo era bastante infeliz.

¿Veis lo que os decía? Esta era mi cara habitual…

Y ahora que os he contado un poco mi vida, vuelvo al tema. Me acostumbré a vivir enfadada, se me agrió el carácter. Esto es algo que nos puede pasar si nos enfadamos cuando no debemos. Enfadarse no está mal, pero sí cuando lo haces cuando no toca.

Enfadarse es normal cuando alguien te hace algo que consideras injusto. Pero pregúntate si realmente es injusto o no. Pregúntate si te lo ha hecho a ti o simplemente lo ha hecho y tú decides tomártelo como algo personal. Porque te recuerdo que la gente no te hace cosas. La gente hace cosas y tú decides cómo te afectan.

Hay una explicación de que el enfado campe a sus anchas por nuestro organismo. Y es que el enfado nos da fuerzas para expresarnos, para hacer lo que en otro estado no nos atrevemos. Es decir, tiene su utilidad. Por ejemplo, cuando no nos atrevemos a decir algo que nos molesta, muchas veces hasta que no nos cabrea un montón, no lo soltamos. El enfado nos da fuerzas para decirlo, pero como las formas no suelen ser buenas, lo que hacemos después es volver a aguantar eso que nos molesta por no saberlo decir bien.

Por eso es necesario gestionar bien el enfado. Primero pregúntate si lo que te pasa es realmente injusto o no. En el caso de que sea así, quédate con el mensaje que te da: que algo es injusto. Pero una vez entregada esa información, deja a la emoción que se vaya. No la sigas alimentando con tu lenguaje interno. Y actúa. Expresa tu desacuerdo o lo que necesites con un poco más de calma.

Y en el caso de que no haya tal injusticia, lo que sientes no es enfado, será otra cosa. ¿Cuál? Pues eso solo puedes saberlo tú. A preguntarte toca.

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