Qué pocas cosas bonitas nos decimos…

Hace un tiempo intenté montar un jueguecito de estos de facebook con el objetivo de subirnos un poco la moral, aunque no tuvo mucho éxito… Bueno, quizá mis expectativas eran demasiado altas y no fue todo lo viral que me hubiera gustado. El caso es que a mí me hizo sentir bien. Lo acompañaba de esta imagen.

No era tan mala idea, ¿no?

Hace poco recordé este intento a través de este vídeo. Y yo me pregunto, ¿por qué nos cuesta tanto elogiar?

También se une a esta idea el concepto de “orgullo ajeno”. Os invito a visitar el blog con el mismo nombre para que profundicéis en la idea. Me parece una iniciativa estupenda.

Hacer elogios es una forma de afecto, pero, ¿cuántas veces lo hacemos? ¿Saben nuestros seres queridos lo bien que pensamos sobre ell@s? Hace ya un tiempo que ando reflexionando sobre este tema.

Está claro que es un acto que nos cuesta. En mi caso, siento que me muestro vulnerable. Es decir, que cuando halago algo de alguien es como si mostrara alguna debilidad por mi parte. Puede que sienta también un poco de vergüenza.

Por otro lado, parece que elogiar es algo que nos cuesta. No cuesta dinero, ni especialmente tiempo o energía. Pero cuesta. ¿Es una cuestión de generosidad? ¿Somos egoístas con las alabanzas? ¿Se las tienen que ganar los demás especialmente? Porque realmente, halagamos a las personas cuando hacen algo excepcional. O cuando no están delante… Curioso, ¿no?

A veces los cumplidos no son bien recibidos y eso nos puede cortar a la hora de hacerlos. Es raro, pero pasa.

Puede que otra razón por la que evitemos reforzar positivamente a quienes nos rodean sea el concepto de “hacer la pelota”. Podemos creer que alabar a alguien puede ser entendido como un intento de manipulación y es verdad que se puede conseguir modificar la conducta de otra persona haciendo hincapié en sus virtudes. Pero si hay verdadera admiración en nuestro halago, no tiene por qué ser entendido como una adulación a cambio de algo.

En un mundo en el que criticar está normalizado e incluso bien visto porque de alguna manera muestra que tenemos criterio, el halago ha quedado relegado a un segundo plano. Mi experiencia en redes sociales en este aspecto reafirma esta idea. Prácticamente nadie suele mostrar conformidad cuando está de acuerdo con un post. Pero ojo que haya algo de todo lo que se dice que genere un desacuerdo. Ahí por lo general no tenemos ningún problema en mostrar discrepancia con la vehemencia que sea necesaria.

A veces no elogiamos porque sentimos envidia de la otra persona. Pero a lo mejor si lo hacemos, descubrimos cómo esa persona se lo ha currado para conseguir eso. O nos habla con humildad de ese logro y nuestra envidia inmediatamente disminuye.

Cómo no, es inevitable hacer referencia a la educación que hemos recibido. ¿Cuánto nos han elogiado de pequeñ@s? Poco. ¿Cuántas veces nos han dicho que están mal las cosas que hacíamos? Muchas. ¿De dónde puede venir la idea de que no hay que elogiar tanto? De que si lo haces puedes generar que la otra persona sea una “creída”. O de que influyes más en una persona haciéndole una crítica que elogiándola. Pero esto no tiene por qué ser así. En el primer caso, depende de cómo se hagan los elogios. Y en el segundo, simplemente no es así. Se mejora más escuchando cuando las cosas las haces bien que cuando las haces mal.

Cuando criticamos influimos en los demás, pero… ¿A qué precio?

No estaría nada mal que empezáramos a tratarnos mejor y ser menos rácanos con los elogios. Mejorará nuestras relaciones sociales pero también nos hará ver lo mejor de los demás. Con este vídeo en el que nos cuentan una experiencia en la que sucedió esto mismo me despido hasta la próxima semana. ¿Nos elogiamos?

 

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