Las emociones sirven para conocernos

Entre otras cosas.

Ya os hablé de la utilidad de las emociones desagradables, para convenceros un poco de que no evitéis sentirlas.

Pero hoy os voy a hablar sobre las emociones en general.

Hace un par de semanas, cuando el río bajaba tremendo, iba paseando, alucinando con la naturaleza, y me acordé de alguna vez que yo no estoy en Ansó por cuestiones de trabajo y de repente, veo que alguien ha colgado una foto o un vídeo de algo que está pasando por aquí. Normalmente suelen ser cosas relacionadas con el tiempo: tormentas, nieve, crecidas del río… Y cuando eso pasa, siento una punzadita, pequeña pero aguda.

El río Veral.

El río Veral.

Me fastidia no estar, me fastidia perdérmelo. Y no es que no quiera que la gente lo haga, que es lo que se podría pensar. Me fastidia no estar, porque no querría perderme nunca nada de lo que pase aquí. Sí, puede sonar un poco integrista, pero me he perdido tantas cosas por no estar aquí tantos años…

A lo que voy. Cuando chorradas como éstas me generan esta emoción, la información que me están dando es que para mí este lugar es muy importante. Me reafirman en la decisión que tuve hace ya 5 años de venir y quedarme por fin. Me felicitan por haberme atrevido. Me alegran por tratarme tan bien. Como otras cosas que he hecho por mí.

Ibón de Lacherito, 1985.

Ibón de Lacherito, 1985.

Mi autoestima se ve reforzada gracias a que mi comportamiento es coherente con lo que quiero, con lo que me gusta.

Pero para poder hacer eso hay que escucharnos, aceptar las emociones que sentimos y entenderlas. Resumidamente: gestionarlas.

La punzadita no es agradable, por lo tanto podría negarla. Si hay punzadita, hay dolor y si hay dolor (o molestia, porque no es para tanto) es que hay vulnerabilidad. ¡Ay, la vulnerabilidad! Hay vulnerabilidad. Pues claro que la hay. Somos de carne y hueso, blandit@s. El primer paso es aceptar nuestra vulnerabilidad y que las cosas nos afectan. Si no, no vamos a poder recibir esa información.

No sé qué os parecerá que yo sienta esto, pero si le diera importancia, probablemente no lo contaría. Porque lo juzgaría. Me reprimiría de hacerlo por lo que pudierais pensar. O por lo que pudiera pensar yo misma. “A ver Pilar, vaya chorrada. Pues si esas cosas te afectan… Otras te harán polvo…”, “Una persona madura no tiene estas emociones”, “Yo soy más fuerte que todo eso” me diría a mí misma juzgando mi emoción. Evaluándola. Censurándola.

Date la libertad de expresarte.

Date la libertad de expresarte.

Pero he aprendido que no hay que juzgar las emociones. Tener frío o calor no está mal, ¿no? Se tiene y punto. Si todo el mundo tiene calor y tú frío, más te vale que no te lo niegues porque a lo mejor tienes una fiebre de caballo. Pues con las emociones igual. Nos son ni buenas ni malas sino importantes.

Además, la emoción es como un mensajero que te trae una información. Si intuyes que es “mala”, no querrás abrirle la puerta, pero seguirá llamando al timbre una y otra vez hasta que le abras. No se irá. Pero si le abres, en cuanto te dé lo que tiene para ti, desaparecerá. Tendrás la información pero la emoción desagradable se habrá disipado.

Para acabar: ¿qué tengo que hacer para sentir menos esa punzadita? Como creo que lo que me quiere decir es que a veces me pierdo cosas, lo que tengo que hacer es disfrutar de Ansó todo lo que pueda. Así, cuando no esté allí y alguien ponga una foto, yo me sentiré tranquila porque cuando puedo, lo exprimo todo lo que está a mi alcance. ¡Aunque llueva!

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