Y tampoco me ha ido tan mal…

Si te dieron algún bofetón, si veías películas que no eran adecuadas a tu edad, si tus padres discutían delante de ti…

Cosas que se hacían en su momento por falta de conocimiento o por tener otra conciencia de la educación u otra sensibilidad, pero que hoy en día se ven peor. Poco a poco vamos cambiando las formas de educar, aunque he de decir que también está el otro extremo. El extremo de creer que todo puede traumatizar a l@s hij@s.

Es difícil dar la importancia justa a las cosas, lo normal es moverse entre unos extremos y otros, pero nunca nos quedamos en el centro.

Y creo que seguimos moviéndonos entre esos extremos. Por un lado, no damos importancia a cosas con mucho alcance como perforar los lóbulos de las orejas a las niñas, engañarles con el tema de los regalos de los reyes magos u obligándoles a dar besos y abrazos aunque no quieran.

Esto es un montaje, pero ¿a que te parecería una burrada? Pues no hay tanta diferencia con lo que hacemos habitualmente.

En contrapartida, confundimos las palabras esfuerzo y frustración con sufrimiento y dolor. Nos horroriza poner consecuencias negativas a l@s niñ@s, nos apena tremendamente asignarles responsabilidades y les salvamos de todas las posibilidades de aprendizaje cuando la vida se manifiesta tal y como es.

El mundo al revés.

Hay muchos factores que explican esta confusión y uno en concreto es el que más me encuentro. Cometemos el error de no creernos que algunas cosas tienen una gran repercusión en el desarrollo emocional de l@s niñ@s. ¿Por qué? PORQUE NO VEMOS EL EFECTO INMEDIATO que ese acto tiene en ell@s. Bienvenid@s al mundo de la psicología, en el que muchas teorías son difíciles de demostrar  corto plazo. Y en educación, ¡qué pocas veces vemos resultados a corto plazo!

Las pequeñas cosas.

¿Cuál es el efecto inmediato que sí vemos? El llanto. La frustración y el enfado que en muchas ocasiones provoca en l@s niñ@s ponerles límites. Dejar que se enfrenten a las consecuencias de sus actos o asignarles responsabilidades.

Por otro lado, cosas que nos han pasado de pequeñ@s que creemos que no nos han afectado, quizá sí lo hayan hecho. Quizá no a una gran escala o influyendo en nuestra vida de forma radical. Pero puede que sí nos hayan afectado. A veces decimos que no nos han afectado sin reflexionar suficientemente sobre ello. Hay cosas que nos pasan en la niñez que son tan desagradables o difíciles de gestionar en su momento, que no las tenemos presentes. Pero que no las recordemos no significa que no nos hayan afectado.

Muchas nuevas corrientes educativas hablan de tener en cuenta a l@s niñ@s. De pedirles su opinión para todo, de tratarles como si fueran material frágil. Y lo son, pero nos estamos confundiendo. Su fragilidad se está tratando de una manera que en lugar de fortalecerlos, con esta educación hiperpaternalista, lo que estamos haciendo es perpetuarla hasta límites insospechados. Ya veremos cómo acaba esto.

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