¿Por qué haces lo que haces? (Segunda parte)

Creo que la pregunta “por qué” es la que más hago. A l@s demás y a mí misma, ¡eh!

Me parece tan importante saber por qué hacemos las cosas… Porque no saberlo, es como viajar en un barco a la deriva… Y eso que nunca vamos a poder ser dueñ@s totales de lo que nos suceda, que la vida ya está llena de imprevistos, pero si ni la parte que podemos controlar, la controlamos… ¡nos estamparemos!

El otro día escribí un artículo sobre la razón y el corazón y la creencia social que existe sobre su falta de entendimiento. Pues hoy quiero profundizar un poco en lo necesario que es saber por qué hacemos las cosas.

Muchas veces escucho frases como “lo hice porque lo sentí así”, “me lo pedía el cuerpo”, “me dejo llevar por mis impulsos” y parece que estas frases justifican cualquier comportamiento.

No me entendáis mal, yo no digo que haya que hacerle caso a lo que nos apetece. Es más, creo que hay que hacerle mucho caso a lo que nos pide el cuerpo, pero hay que saber por qué nos lo pide si queremos tomar decisiones de calidad.

En mi vida he tomado decisiones llevada por esos impulsos y, aunque ninguna me ha matado, me podría haber ahorrado alguna que otra situación amarga.

Hace 10 años, en mi búsqueda por encontrar mi lugar profesionalmente hablando, presenté varias solicitudes para trabajar como profesora asociada en la universidad de Zaragoza. Más que varias, presenté a todas las plazas a las que podía optar por mi titulación. Incluidas asignaturas cuyo contenido controlaba bastante poco.

A los días me llamaron para dar varias asignaturas que tuve tres días para empezarme a preparar. Fue un primer cuatrimestre horrible, porque tuve que estudiar un montón para poder dar las clases. Me sentía muy insegura y lo pasé mal en muchas ocasiones. A esto, había que añadirle que yo ya tenía un trabajo a jornada completa a 140 kilómetros de donde estaba la universidad. Así que entre los dos trabajos y los viajes en coche, apenas tenía tiempo para descansar.

En la zona de pánico… No se pasa muy bien…

Lo saqué como pude, sobreviví y no tuve ninguna queja sobre la asignatura, aunque seguro que no fui la profe que me hubiera gustado tener a mí. A esto le saqué mucho partido porque me expulsé a mí misma de mi zona de confort y de eso siempre se aprende mucho. Creces, evolucionas, haces curriculum… Pero, jo, a qué precio…

No volvería a repetir la forma de hacerlo, ¿qué necesidad tenía de exponerme a algo tan exigente? Ahora sé la respuesta. Si la hubiera sabido entonces, igual no habría sido tan kamikaze. Creía que si me lo pensaba, no lo haría, así que decidí tomar la decisión sin pensármelo. Pero es que las cosas hay que pensarlas un poco. Sopesar las opciones, ver los pros y los contras y, sobre todo, indagar de qué parte de nosotr@s mism@s surge la necesidad de hacer tal o cual cosa.

¿Ya sabéis cómo acababan los kamikazes, no?

Si yo sé que actué así de radicalmente porque creía que, o me empujaba a la piscina o no lo iba a hacer, para la próxima vez, puedo decidir tratarme un poco mejor y tener más confianza en mí. Graduar la exposición a estímulos tan intensos e ir más poco a poco, conociendo mi ritmo pero sin caer en el miedo o la comodidad es el aprendizaje que saco de esa toma de decisiones de no muy buena calidad.

Dicho esto, creo que actué de la mejor forma que supe y que saqué cosas muy positivas de ello. Pero también creo que si después de pasar esa experiencia, no analizo por qué tomé esa decisión, volvería a provocarme pasar por situaciones similares pasándolo mal sin sentido. Y eso es algo que solo podemos hacer haciéndonos la pregunta “¿por qué actué así”? Así que ánimo, tenéis todas las respuestas.

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