Sólo quiero que mis hij@s sean felices

Esta es una frase que escucho mucho. Mas aún en la sesión “¿Qué es lo importante para mí en la educación de mi hij@?”.

Es una buena respuesta, un estupendo objetivo. Pero es un gran fin, amplio, difícil de abarcar y por lo tanto, generador de muchas frustraciones.

Lo que hacemos en el día a día se supone que nos lleva hacia un destino. Si todos los días salimos a correr, estaremos acercándonos al destino de la buena salud. Por otro lado, si todos los días llegamos tarde al trabajo, vamos en dirección al despido.

Pues con la educación de l@s niñ@s, por mucho que el objetivo sea su felicidad, lo que contará será el día a día.

A veces dedicamos mucho más tiempo a otras cosas que a su felicidad. Pasamos mucho rato en el día a día metiéndoles prisa para llegar a tiempo a los sitios. Recordándoles las tareas que deben hacer. Recriminándoles por no ser tan generosos como desearíamos. Si alguna de estas actitudes la podemos minimizar o hacer con menos frecuencia, seguro que nos acercamos más al objetivo de la felicidad. No porque no haya que decirles lo que tienen que hacer, sino porque quizá no hay que insistir tanto. Una alternativa al insistir pueden ser las consecuencias, de las que tantas veces os he hablado.

Las prisas suelen protagonizar nuestro día a día.

También otras muchas horas se dedican a cuidados básicos sin los cuales no podrían ser felices: despertarles, alimentarles, llevarles al cole, ir a buscarlos, asearles… Esos momentos también podemos llenarlos de actitudes por nuestra parte que contribuyen a su felicidad: comunicación, atención a lo que te cuentan, jugar, hacer el tonto, pasarlo bien, decirles las cosas que nos gustan de ell@s… Un poco más de relajación y no tanto un continuo de tareas y tiempos que cumplir.

Pasarlo bien en esos ratos.

Es importante tener en cuenta que no siempre que les veamos felices, vamos a estar contribuyendo a su felicidad. O que cuando los veamos tristes o frustrad@s, haya que hacer lo máximo para que vuelvan a sonreír.

En el primer caso, me refiero a que muchas veces serán necesarios los límites. Normalmente no son bien recibidos, pero eso no significa que sean malos. De hecho, cuando se le ponen límites a un niño, lo que percibe es que importa, que se le quiere. Cuando esos límites no existen, percibe lo contrario.

Aunque no lo parezca, agradecen que les pongamos límites.

Por otro lado, cuando expresan emociones desagradables, a veces la tendencia es a decirles que no lloren, que no se enfaden, que no es para tanto… Estas actitudes y otras muchas lo que hacen es negar la emoción del niño. Y lo que éste necesita es que la emoción se acepte. Eso genera mucha felicidad. ¿Y cómo se acepta la emoción? Acompañándoles, poniéndole nombre a esa emoción y diciéndoles que entendemos que se sientan así. Sin más.

Y ya como colofón, si además de esto pasamos tiempo en cantidad y de calidad con ell@s, estaremos acercándonos mucho al objetivo de que sean felices.

Clarísimo.

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