La impaciencia y yo

La impaciencia es una mala costumbre que tenemos los humanos. Nos empuja a comportarnos de formas de las que luego podemos arrepentirnos.

Yo me considero impaciente. No me gusta esperar. Bueno, realmente, ¿a quién sí? Claro, a nadie. Más bien diría que tengo un ritmo, rápido, y me cuesta mucho tolerar el ritmo lento de los demás.

Igual que en el caso de tratar de llegar con tiempo a los sitios, me he dado cuenta de la creencia que hay detrás de mi impaciencia.

Concretamente, el otro día quedé con una amiga para dar un paseo. Esas formas de quedar que hay ahora favorecidas por el whatsapp que empiezan con “avísame cuando salgas de casa” y acaban una hora más tarde con “¿pero sales ya o no?”. En lugar de poner una hora y un sitio, la quedada queda relegada a las cosas que nos van surgiendo y al final, puede que ni se dé. Eso ya me irrita un poco.

En este caso sí se dio, afortunadamente, pero en mi rato de espera, que lo tuve, me dio por reflexionar. Estar parada no es algo que me salga con facilidad. Necesito aprovechar el tiempo, rentabilizarlo.  Pero por otro lado sé que hacer nada está muy bien. Incluso es muy sano. Pero la creencia que tengo de que el tiempo hay que exprimirlo es más fuerte aún que la anterior.

Así que mientras esperaba al sol a mi amiga, empecé a analizar los pensamientos que me hacían sentir más impaciencia.

A ver qué me estoy contando…

“Ya podría estar de vuelta”. “Qué pinto aquí parada”. “¿Pero dónde se ha metido?” “¿Habremos quedado aquí o me estará esperando en otro sitio?” “¿Qué puedo hacer mientras espero?” “¿Por qué tengo que ser siempre yo la que espero?” …

Me di cuenta que todos esos pensamientos lo que estaban provocando era que mi impaciencia aumentara. Que mi enfado por la falta de puntualidad se intensificara. Me estaba poniendo tensa y ese rato al solete estaba siendo desagradable. Además no eran verdad. Yo también hago esperar a veces a la gente, por ejemplo.

No te creas todo lo que te dice.

Realmente, yo lo estaba convirtiendo en desagradable. A veces voy con unos horarios tan marcados que soy implacable con quienes me los modifican y creo que eso no es bueno. Además, ¡era domingo! No había prisa…

Así que empecé a tener otro tipo de pensamientos. “Estoy al sol y se está bien”. “Ahora llegará”. “Qué bien se está haciendo nada”. “Podría haberme ido sola pero prefiero tener una buena conversación con mi amiga”. “Voy a pensar menos y a sentir el gusto de estar aquí fuera”.

La paciencia no es esperar. La paciencia es saber esperar sin desesperarse. Es lo que intenté desarrollar en ese rato.

Y entonces dejé de sentir esa presión, esa prisa. Me relajé. Me sentí tranquila, bien. Enseguida vino mi amiga.

Todo esto pasó en muy poco rato, no os penséis que estuve media hora elaborando esta historia. No, no. Diez minutos o así. Pero es que la mente va muy rápida y te lleva al huerto sin que te des cuenta.

Sin embargo, si estás atent@, cuando empiezas a notar que te sientes mal, echa un vistazo a tus pensamientos. Probablemente serán tóxicos. Escoge otros que sean mejores y te sentirás mejor.

 

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