Comentarios que, aunque no lo parezca, atentan contra la autoestima de l@s hij@s

Acabo un artículo titulado así: “Por qué mi marido siempre irá por delante de mis hijos”. A ver si diferenciamos unas cosas de otras, porque creo que están muy confundidas y mezcladas.

Este tipo de declaraciones, como las de las “Madres arrepentidas” o las que pierden calidad de vida al tener hijos, no son inocuas. Es decir, tienen consecuencias dañinas. Hacen daño. Duelen. Perjudican. Rompen. Destruyen.

Sin la base del amor, el resto no sirve de nada.

Sin la base del amor, el resto no sirve de nada.

¿A quién? A los hijos. A su autoestima. A su autoconcepto. A su valía. A su importancia.

A los hijos hay que quererlos al máximo. Hay que quererlos más de lo que un ser humano puede querer. Habría que quererlos como los perros quieren a sus dueños, de forma incondicional. Y lo estoy diciendo muy en serio, quien haya tenido perro, sabrá de lo que hablo.

Pero nos es muy difícil querer así, puesto que a nosotros nunca nos han querido así. Nos han querido con condiciones. El amor incondicional es bastante difícil de profesar.

Hay que quererlos tanto, porque en función de lo queridos que se sientan, se querrán a ellos mismos. Esta es la fórmula mágica de una buena autoestima y de una buena salud  mental. Quererlos a tope. Siempre. Hagan lo que hagan. Se porten como se porten.

Porque un niño que no ha sido querido, va a tener muchísimos problemas en su vida. Un bebé no puede sobrevivir sin afecto. Aquí podéis ver un triste ejemplo de esto.

Un niño maltratado, se puede convertir en un psicópata. ¿Conocéis el caso de Beth?

Un niño al que se le dice que se le quiere, pero menos que a… Siempre va a sentir que no es suficiente, mendigará amor a todo aquel con quien se encuentre, buscará la aprobación de sus superiores, tendrá crisis de identidad, tiene más posibilidades de desarrollar problemas mentales, de deprimirse, se sentirse desdichado.

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Tendrá problemas en sus relaciones sociales, tenderá a la pasividad o la agresividad a la hora de resolver los conflictos. No tolerará la frustración y tendrá serios problemas para superar las dificultades en el camino.

Y no es que esté alimentando un tabú. No es que no haya que decir estas cosas. No hay que decirlas como si nada. Si eres consciente de que sientes esto, gestiónalo adecuadamente. Dale la vuelta. Posiblemente estés arrastrando algún problema con respecto al afecto que recibiste de tus padres. Posiblemente pensabas que eso de tener hijos iba a ser de otra manera. Quizá, pero ahora es lo que hay y hay que hacerlo lo mejor que se pueda, porque hay mucho en juego.

No podemos escudarnos en la libertad de expresión en este caso. Sentirlo es lícito, claro que sí. Pero es un problema. Y como problema que es, se le debe buscar solución.

Es más grave de lo que parece.

Y es que en el fondo, lo que creo que esconde muchas veces este mensaje es lo que se entiende por amor. Y en el artículo que me ha inspirado, podéis ver el ejemplo. Se confunde con el tiempo de dedicación. Se confunde con el concepto de que “la regla de oro de la maternidad, que dice que ser un buen padre significa sacrificar todo por la felicidad y el bienestar de los hijos”.

Ahí está el fallo. Y entiendo que haya una reacción de rebeldía ante eso. Pero que no sean tus hijos los que paguen el pato.

Reparte el tiempo como te dé la gana, cultiva tu relación con tu pareja, contigo mism@ al  margen de tu familia, que tus hij@s no manejen tu vida, que tenerlos no te esclavice.

Pero no digas que te arrepientes de tenerlos como si nada. No digas que perdiste calidad de vida a la ligera. No digas que tu marido siempre estará por delante de ellos y te quedes tan ancha. Porque tiene un alcance destructivo mucho más potente de lo que imaginas.

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