Si adultos se agreden en un partido de fútbol infantil, ¿cómo no va a haber bullying?

La verdad es que me he quedado bastante impactada al ver estas imágenes. Aviso que pueden herir la sensibilidad. Siempre que he visto algún tipo de pelea lo he pasado mal, me tiemblan las piernas, me da mucha pena. Pero a plena luz del día en un ambiente lúdico, entre adultos y rodeados de niños… Me estremece…

Y justo ayer leía este artículo de Lucía Echevarría que compartí en Twitter precedido de una frase que ella misma utiliza en él: “La mala educación es la cuna de la violencia”.

Me pareció muy acertada la reflexión. Sobre todo porque hace poco escribí el post “El bullying entre adultos y su influencia en los niños” y este tipo de cosas no hace más que apoyar esta opinión, tristemente.

Pase lo que pase, la violencia no es la solución.

Pero es que además era el día del padre… Menuda paradoja…

Y vuelvo con eso de “¿pero qué ejemplo estamos dando a los niños?” Pegar, pelear, puñetazos, impulsividad, ira, enfado, descontrol. Un niño le hace una fuerte entrada a otro, empieza el conflicto en el campo y no contentos, lo siguen los padres.

¿Cómo van a aprender estos niños a jugar con deportividad? Pero claro, también harán lo que ven en el futbol televisado. Cuando hay tan pocas muestras de ese valor. Cuando no se juega limpio. Cuando se fingen faltas. Cuando lo más importante no es ser, sino parecer…

Y si lo ven con los padres y estos no les enseñan a diferenciar el juego limpio del sucio, pues lo más probable es que copien al que parece salir reforzado de la situación. Al ganador, al chulito.

Un ejemplo muy light del juego sucio.

Un ejemplo muy light del juego sucio.

Afortunadamente hay muy buenos ejemplos de otras situaciones en las que el “matón” es sancionado, como en el caso de este equipo de baloncesto a quien el director del colegio al que pertenecían, decidió quitarles la copa que habían ganado por los insultos que habían propinado a los que habían quedado segundos.

¿Cómo desmontar la violencia? Con mucho amor… Como el que este padre profesa a su hijo. Con apoyo, con afecto, con empatía. Así le enseña a ser asertivo, dando ejemplo de cómo vive él que le insulten.

Sigo buscando la explicación al cómo un padre puede tener una reacción como la de ayer. ¿Estamos fatal en general? ¿Insatisfechos con nuestras vidas? ¿Sufrimos tanto que saltamos a la primera? ¿Puede que haya alguna justificación para que la reacción sea esta? ¿Había algo previo que ya hizo que solo una gota colmara el vaso?

Sean las respuestas que sean, parece ser que no es un caso aislado, sino que sucede con frecuencia. Muy interesante este pequeño reportaje que he encontrado hablando sobre este tema.

Chavales de 15 años que suelen arbitrar partidos tienen que recibir cada fin de semana insultos de todo tipo por parte de los padres. 15 años. ¡Pero si son niños!

El odio se enseña.

El odio se enseña.

Hay equipos de fútbol que han prohibido la entrada de los padres a los entrenamientos por la presión a la que estos someten a sus hijos. Una gesto más de la hiperpaternidad, motivado por la necesidad de que mi hijo sobresalga en algo.

Nos estamos equivocando mucho si pensamos que la presión es lo adecuado. Más límites, más autocontrol, más afecto, más respeto, menos opciones, menos regalos, más tiempo y más sentido común.

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