No quiero ser una madre coñazo

Esta frase me la dijo una madre que me pedía ayuda hace un par de años.

Tenía una hija adolescente de 13 años a la que había pillado de juerga a las 2 de la mañana en las fiestas de su ciudad. Fue por una publicación que había subido a Instagram. Se había quedado a dormir en casa de una amiga y tenían prohibido salir.

Además, últimamente se juntaba con chicos de 17 y 18 años y sabía que el alguna ocasión habían estado en casa de éstos sin ningún adulto (padre o madre).

Esta frase surgió tras mi propuesta de ponerle límites y/o consecuencias a su hija.

Me llamó bastante la atención. Creo que comprendí lo que quería decir. Lo que yo entendí era que no quería estar detrás de su hija todo el tiempo, ser una pesada o hacer de policía todo el tiempo. Eso es un rollo, claro. Para l@s hij@s y para sus progenitor@s.

Un poco al tanto hay que estar…

Pero es lo que hay. Hay que serlo. Matizo más adelante.

Como escribí hace un tiempo, educar no es ni fácil, ni cómo ni recompensante a corto o medio plazo. Así es.

Creer que se puede educar sin imponerte de vez en cuando, sin marcar límites, sin aplicar consecuencias o sin intentar que te hagan la pirula, no es real. Quizá hay un porcentaje mínimo con quien no hay que aplicar estas medidas. Yo no lo conozco. Y si existe… casi habría que preocuparse más, porque un crío que no se rebela en algún momento, no está teniendo un desarrollo muy normal.

Con su rebeldía se están reafirmando.

Si como “coñazo” (expresión machista que preferiría no usar, pero fue literal) entendemos algo aburrido, tedioso y pesado, estoy de acuerdo en no querer serlo. No defiendo que la educación tenga que llevar obligatoriamente a estas actitudes. De hecho, creo que no hay que dar ni muchas oportunidades ni repetir demasiado las cosas. Con dos es suficiente y a partir de ahí, aplicar consecuencias.

Tampoco creo que haya que estar todo el día encima de l@s crí@s, tengan la edad que tengan. Te vas a caer. No toques eso. Ni se te ocurra pisar el charco. Bájate de ahí. Dale un beso a tu tía. Siempre te pones chándal. Vaya pelos llevas. Estarías mejor con un vestidito. Esos amigos que te has echado no me gustan. Con lo cariñoso que eras antes. Eso que quieres estudiar no tiene salidas. ¿De qué vas a vivir? …

Si hay charcos los pisará, asúmelo.

Esta matraca sí es un rollo patatero. Órdenes constantes a l@s hij@s, observaciones sobre su forma de ser, desaprobación de sus elecciones…

Pero poner límites es necesario. ¿Eres un coñazo? Para ell@s sí. No eres enrollad@, ni colega. Pero como dice el juez Calatayud, si eres amig@ de tu hij@, se quedan sin padres.

Claro que habrá momentos en los que te odien, pero eso no es malo. Agradable tampoco, pero se les pasará. Lo que quizá no se les pase es que por no ponerles límites, sientan que no te preocupabas por ell@s. Sientan que no les querías, que te daba igual lo que les pasara. ¿O acaso tú no te enfadaste un montón de veces con tus padres en algún momento? Seguro que sí y eso no significa que les hayas dejado de querer.

Es importante que tengas claro que lo que haces es bueno para tus hij@s, que tengas claro que poner limites no hace de ti un padre pesado o una madre cortarrollos.

Los límites son necesarios. Tus hij@s no te los van a pedir abiertamente. Lo contrario, detestarán que se los pongas. Pero en el fondo es la forma en la que pueden sentir que les quieres, y eso es lo importante.

Amor y límites equilibradamente, una buena fórmula de educar.

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