La culpa llama a mi puerta todos los días varias veces

Ser asertiv@, poner límites a l@s demás, decir que no, alejarte de las personas tóxicas, muchas veces tiene como consecuencia sentir culpa.

Algunas, obvio su llamada. Otras, me asomo por la mirilla. Y otras le dejo que entre, que revuelva mi casa y me deje hecha polvo. Dependiendo de lo fuerte que me encuentre.

La culpa es una de las emociones que para mí, es bastante tóxica. Como todas, tiene su utilidad, pero se nos cuela demasiado hondo. Es fácil perder el control con la culpa.

No te creas todo lo que te dice y menos cuando te quiere hacer sentir culpable.

Como os he contado en otras ocasiones, las emociones nos informan de cómo nos afecta lo que sucede. La culpa nos informa de que el resultado de algo que hemos hecho o hemos dejado de hacer, depende de nosotr@s. Por lo general siempre se refiere a resultados negativos. Hasta ahí, sentir que somos responsables de ese resultado, no es malo.

Lo chungo de la culpa es que lleva consigo la necesidad de castigo, de penitencia. Y además la culpa no se conforma con una reparación del daño y ya está. Te dice que tendrías que haberlo hecho bien porque ahora ya no tiene remedio. No, no, la culpa tiene la voz de esa parte rencorosa de nosotr@s mism@s que no nos perdona ni una. Exigente. Que da por sentado que deberíamos haberlo hecho bien. Y acabo de decir la palabra mágica que utiliza la culpa para manipularnos. ¿Sabes cuál es? DEBERÍAS.

Deberías.

La culpa manipula, nos manipula, nos hace manipulables por nosotr@s mism@s y por l@s demás. Por otro lado, gracias a la culpa, podemos manipular. Así que una emoción que mediatiza actos tan tóxicos como la manipulación, es recomendable minimizarla todo lo posible.

¿Y cómo? Pues teniendo una buena autoestima, revisando nuestras creencias y vigilando nuestro lenguaje interno, principalmente.

Lo de la buena autoestima tiene que ver con tener claro lo que nos merecemos. Y nos merecemos exactamente lo mismo que los demás, ni más ni menos. A veces la culpa se sirve de argumentos que tratan de convencernos de que el bien de l@s demás es más importante que el nuestro. Pues ahí tenemos que ponernos firmes. No obstante, si quieres saber más sobre este tema, puedes trabajarlo con esta herramienta.

Sobre el tema de las creencias, todas las que indiquen “deberías” que tú tienes pero que l@s demás no tienen, esas cuestiónatelas. Porque al igual que te mereces lo mismo que l@s demás, tod@s tenemos las mismas obligaciones l@s un@s con l@s otr@s. Cuando sientas culpa, pregúntate por qué la sientes.

Y con respecto al lenguaje interno, va a depender de las dos anteriores pero es más fácil de gestionar en el momento. Las creencias irán cambiando en función de las conversaciones que vayamos manteniendo con nosotr@s mism@s. Ir liberándonos y convenciéndonos de que somos responsables en lugar de culpables dependerá de ese diálogo interno. Y dilucidar si somos responsables de algo o no, ya será la leche. Porque aunque la responsabilidad es una emoción menos tóxica que la culpa, no siempre somos responsables de las cosas que suceden o al menos no al 100%.

Dos últimos apuntes. Uno: ¿sabes cuál es el castiguito que nos autoimponemos cuando sentimos culpa? Simplemente el pensar que deberíamos haberlo hecho de otra manera. El castigo es no dejarnos estar tranquil@s. No nos ponemos un castigo, lo cumplimos y ya. No, no, le damos al play del discurso que duda de nosotr@s mism@s. Porque igual sí lo hicimos mal, pero tampoco hay que estar dándole mil y una vueltas. Puedes aceptarlo, asumirlo, tratar de enmendarlo, perdonarte y pasar página.

¿A quién le das poder para que te cuente la realidad?

Y éste es el segundo: el antídoto de la culpa es el perdón. Si la culpabilidad sobrevuela por tu mente a modo de recordatorio de lo mal que lo hiciste, aún tienes que perdonarte más. Igual que la culpa llama todos los días a tu puerta, también puedes darle un portazo perdonándote todos los días.

Perdónate.

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