Antídoto contra la desilusión

Llevo unos días viendo, leyendo, escuchando muchas opiniones, muchas críticas, la gente está enfadada, decepcionada, desilusionada, frustrada… No sé si esto acabará en resignación o en aceptación o en ver la parte buena de las cosas… Pero si sé que depende de cada uno de nosotr@s.

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¿Por qué donde hay confianza da asco?

Ya escribí hace un tiempo sobre algo parecido, más que de amistades, hablaba de relaciones entre hermanos, que tienen mucho que ver con esto de los amigos de toda la vida. Amigos que no has escogido exactamente, sino que la vida te ha unido y que sigues manteniendo una relación porque hay vínculos que os unen.

¿Te has preguntado alguna vez cuántos de tus amigos de toda la vida, si los conocieras ahora, serían tus amigos? ¿Tendríais afinidad? Estoy segura de que algunos, hasta te caerían mal de primeras.

Creo que este es un poco el quid de la cuestión.

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No pasa nada y, si pasa, se le saluda

Hoy no se me ocurre nada sobre lo que escribir…

Será que para ser junio, casi apetece volver a encender la chimenea y que haga frío a estas alturas me afecta…

Será que no estamos siempre igual… Y, ¿no pasa nada, no? Y si pasa, se le saluda… como el título de un libro que cada vez tengo más ganas de leer.

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Y tú, ¿qué crees?

Las creencias son de lo más sagrado que tenemos. Es uno de los pocos lugares en los que no manda nadie excepto nosotr@s. Y tienen un gran poder sobre nuestros objetivos, nuestra vida, nuestro estado de ánimo y nuestra felicidad.

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La parte buena de las cosas

Últimamente me han pasado varias cosas que me están haciendo reflexionar. Todas tienen que ver con tener la razón. Sé que éste es uno de mis talones de Aquiles. Soy tauro y tengo esa tendencia.

Pero bueno, al menos lo sé. Me gusta tener la razón, lo admito. De hecho, la tengo, yo ya me la doy, el problema es que a veces quiero que los demás me la den. ¿Raya esto en la avaricia? Puede ser…

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Si quieres, puedes parar el tiempo.

El tiempo no pasa despacico, pasa volando, van cayendo los días uno tras otro y de repente nos decimos “¡pero ya estamos casi en verano! ¡Se me ha pasado volando!” O al menos a mí me pasa.

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Ya sé que me quieres, pero no me des consejos.

¿A que a veces no cuentas cosas a algunas personas porque ya sabes lo que te van a decir? Me refiero a cosas importantes, que te preocupan, que te inquietan, que te duelen… ¿A que a veces te callas cosas que sientes, que temes, que planificas porque no confías en que la reacción de los demás vaya a ser de ayuda?

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Empiezo a llevar mejor eso de fallar…

¡No! ¡Horror! Ha sucedido una de las cosas que más temía… Y si has leído el post “Se me olvida que me voy a morir” quizá ya hayas adivinado qué es…

Pues ha llegado el momento en el que no me puedo abrochar el pantalón… Bueno, me lo puedo abrochar, pero parezco una morcillica y además es incómodo de narices.

Hoy os voy a hablar sobre lo mal que llevo equivocarme. Porque para mí, coger más kilos es cometer un error. Quizá el error está en pensar que es un error.

A mí me encanta comer y a veces lo hago con ansiedad. No soy delgada, estoy dentro de “lo normal” y si como de más, lo normal es que suba de peso, o al menos de volumen. Hasta hace un año me estaba manteniendo muy a gusto con mi cuerpo, comiendo sano y cometiendo algún exceso de vez en cuando. Tengo un par de vaqueros que me voy poniendo para controlar que me caben, son como la medida que me indica si sigo bien o si me paso.

Pero un día leí que eso de tener una prenda de referencia no era nada bueno porque aunque a lo mejor te hubiera cabido en su momento, el cuerpo cambia y no puede ser el único criterio para seguir adelgazando.

No poder abrochar el pantalón no puede ser motivo de enfado...

No poder abrochar el pantalón no puede ser motivo de enfado…

Pues yo esto lo hacía muchísimo, me sometía mensualmente a mis propios controles y, cómo no, a las consecuencias negativas que consideraba oportunas en el caso de que no me cupieran. Además de incrementar en 20 y para siempre el número de abdominales cada día y restringir más los alimentos que yo consideraba que engordaban, me ponía esos pantalones durante ese día como castigo. Eso me suponía dolor de barriga y bastante incomodidad.

Esos que me señalan, son yo.

Esos que me señalan, son yo.o,

El día que me di cuenta de que eso era un trato muy poco amable por mi parte, un maltrato con todas las letras, dejé de hacerlo. Dejé de castigarme físicamente pero no dejé de enfadarme cada vez que me notaba un aumento de peso.

Y durante los últimos meses, he dejado de ponerme esos pantalones a modo de examen. ¿Y qué ha pasado? Que me he ido a poner otros y tampoco me venían bien. Y se ha puesto en marcha automáticamente el proceso de enfadarme y tomar represalias.

Pero lo he parado a tiempo. He decidido ser más comprensiva conmigo. Ya no quiero más castigos y, menos, impuestos por mí. ¿Estamos locos o qué? Prefiero mayor comprensión de por qué ha pasado, escuchar mis razones, ver en qué me estaba equivocando, asesorarme… Y, mientras tanto, gustarme con mis kilitos demás, no despreciarme por haber “fallado” y pretender un estado de salud bueno antes que la estética, que es lo que había hecho hasta ahora.

Yo creo que mejor...

Yo creo que mejor…

Y me siento mejor. Siento que tengo más el control sobre lo que me pasa, me doy soluciones más adecuadas y, lo mejor, no me siento culpable.

Todo esto es cuestión de tomar conciencia de mis miedos a la pérdida del control sobre mi conducta, de mi creencia errónea de que el castigo es bueno, de que mi autoestima depende de cómo yo me trate, de desarrollar mi capacidad autocontrol y de responder con cariño a mis necesidades y no desde el desprecio o el desamor.

Es difícil romper con estas costumbres, pero sienta tan bien…

A mí sí me afecta lo que los demás piensen de mí.

Últimamente he pasado a mis alumnos evaluaciones sobre los cursos que ya he terminado. Cada vez que abro una, ¡tiemblo! Y ahora, mucho menos que antes. Voy haciendo callo con respecto a las críticas que voy recibiendo, que siempre me han sentado como un jarro de agua fría, incluso las constructivas, pero me sigue afectando bastante lo que me pueda encontrar en ellas.

Siempre va a haber opiniones de todo tipo.

Siempre va a haber opiniones de todo tipo.

Creo que todos somos bastante susceptibles de que nos afecte lo que piensen de nosotr@s. Al menos yo lo soy. La gente que no me conoce mucho suele sorprenderse cuando digo esto ya que no ven que me comporte como tal. Es decir, soy desinhibida, hablo con cierta seguridad y hago un poco lo que me da la gana. Pero que yo me comporte así no significa que dentro de mí no haya una batalla constante contra una parte de mi personalidad a la que le preocupa el “qué dirán”.

Aunque me importe lo que piensen los demás, es más importante ser yo.

Aunque me importe lo que piensen los demás, es más importante ser yo.

También me he dado cuenta de que hay cierto egocentrismo en pensar que los demás siempre están opinando sobre nosotr@s y me tranquiliza mucho la idea de que no soy tan importante para el resto de mundo como para que constantemente estén hablando de mí.

Aquí un buen ejemplo.

Aquí un buen ejemplo.

Soy consciente de que me influye lo que los demás puedan pensar de mí, pero no dejo de hacer cosas por ello. Me encantaría que a todo el mundo le pareciera que hago un buen trabajo, disfrutaría agradando a los demás y sería estupendo saber que lo que hago está bien a ojos de todo el mundo.

O no.

Voy aprendiendo que eso no es posible, que no podemos gustarle a todo el mundo. Hay estudios que dicen que no gustamos a la tercera parte de la gente que nos conoce. ¿Te imaginas cuanta gente es ésa? Buf, un montón.

Pero además me doy cuenta de que si gustáramos a todo el mundo, o gustara nuestro trabajo o nuestros chistes o nuestro pelo, todo esto sería muy aburrido, ¿no? De hecho, gracias a algunas críticas que he recibido, he mejorado. Gracias a ello avanzamos, evolucionamos, nos cuestionamos cosas… y eso siempre es bueno.

Cuando el otro día leí una crítica bastante positiva de uno de mis alumnos, empecé a notar cómo se me inflaba el ego y se me separaban los pies del suelo. Al igual que me influye lo negativo y me siento peor por recibir críticas negativas, tiendo a sentirme mejor con los halagos, normal, ¿no?

Un globo tan fácil de pinchar...

Un globo tan fácil de pinchar…

Pues no sé yo… Yo creo que la clave está en darle la importancia justa a cada una de estas informaciones que nos llegan, tengan el contenido que tengan. Y para ello, debemos convencernos de que nosotros no somos nuestros actos, que valemos independientemente de lo que hagamos.

No merecemos castigos de ningún tipo, así que nada de fustigarse por haberse equivocado, ya que estamos en nuestro derecho como humanos que somos. Cuando nos creamos esto, nos agradará recibir una opinión positiva y tendremos en cuenta una negativa para ver qué parte tiene de verdad y tratar de mejorar en ello, pero ni nuestro estado de ánimo ni nuestro autoconcepto dependerán de lo que los demás nos digan, porque sabremos lo que somos y nuestra identidad ni el precio que tenemos por nosotr@s mism@s no variará en función de los mensajes exteriores, sólo se enriquecerá de alguna manera.

Recuerda: lo que te digan es sólo información.

Recuerda: lo que te digan es sólo información.

Y cuando te crees esto es cuando lo que los demás puedan decir de ti te puede importar menos. Ni subirte por las alturas ni degradarte a los infiernos. Simplemente será información.

A ver si me aplico el cuento.

Eso que nos irrita tanto de los demás…

Cada vez que me sacaba de quicio que una persona exigiera su máxima comodidad para estar bien al margen de que estuviera entorpeciendo a los demás, estaba proyectando. Porque a mí también me gustaría estar comodísima, pero me han ensañado que tengo que ser sufrida y lo soy, pero no por voluntad propia.

Cuando me molestaba que alguien a nivel académico o profesional intentara algo que yo no había hecho, estaba proyectando. Porque era algo que yo no me había atrevido a hacer y me lo pasaba por los morros que sí se puede.

¡La envidia no es tan mala!

¡La envidia no es tan mala!

Cuando no soportaba que alguien le echara mucho morro a la vida, estaba proyectando. Porque a mí me hubiera gustado hacerlo, pero era más importante el qué dirán, que lo que yo pudiera conseguir.

Cuando criticaba a alguien por ser tan empalagosa con su pareja, estaba proyectando. Porque a mí me gustaría que la mía fuera más cariñosa conmigo, pero como voy de progre e independiente por la vida, no permitía que fuera así.

¿Por qué te molesta tanto?

¿Por qué te molesta tanto?

Cuando se me soltaba la lengua para poner a caldo a una chica con una vestimenta estrafalaria que veía por la calle, estaba proyectando. Porque yo me estaba reprimiendo de vestirme de alguna manera menos convencional, pero no me atrevía.

Cuando señalas a otro, tres dedos apuntan a ti.

Cuando señalas a otro, tres dedos apuntan a ti.

Cuando me contaban que alguien se había ido a vivir a un pueblo y yo, con condescendencia y altivez, pensaba “a ver cuánto dura”, estaba proyectando. Porque yo también quería, quería muchísimo hacer lo mismo, pero me había convencido de que sería incapaz de lograrlo.

Con lo bien que estoy ahora yo en el mío...

Con lo bien que estoy ahora yo en el mío…

Ahora soy consciente de todo esto, y esa crítica, esos juicios, esa rabia, los he convertido en información útil para mi vida. Es como utilizar la basura como combustible. Al igual que cuando os hablé de la envidia, cada vez que proyectamos, podemos obtener un montón de información sobre nosotr@s mism@s.

Negar que proyectamos, como negar la envidia, son actitudes normales, pero hay que gestionarlas adecuadamente. No debemos juzgarnos por ello. Todo el mundo proyecta, todo el mundo siente envidia. Y NO ES MALO.

Aceptar que proyectar es un mecanismo de defensa, puede facilitar que aceptemos con mayor facilidad la información que nos proporciona la propia proyección. Ganaremos en autoconocimiento, autoestima y humildad entre otras.

De verdad, cada vez que algo te saque de quicio, párate a pensar, ¿por qué me molesta tanto esto? ¿Lo hago yo? ¿Qué tiene que ver conmigo? Porque una cosa es que algo te moleste porque es una falta de respeto o porque le molestaría a cualquiera, no son este tipo de cosas a las que me refiero. Sino a las experiencias que te tocan especialmente, que te enervan y que no puedes controlar que te irriten tanto.

Una vez, en pleno verano, una amiga iba con botas de agua, eran muy chulas, eso sí, pero no llovía y no era un calzado muy apropiado para esa época del año. Las llevaba casi todos los días. Y un día, tomando algo en un bar, vio a otra chica que no le caía muy bien que llevaba un corsé, era bastante original y no le quedaba nada mal. A mi amiga le faltó tiempo para comentar que era muy poco apropiado ir con esa prenda. Todos los que estábamos alrededor, tuvimos que hacer alusión a su calzado, ya que puestos a escoger… era menos adecuado que el corsé de la otra chica.

Con esto quiero decir que muchas veces  no vemos lo que está a los ojos de todo el mundo y que si nos queremos engañar, podemos hacerlo, pero es mucho más práctico no hacerlo.