Empiezo a llevar mejor eso de fallar…

¡No! ¡Horror! Ha sucedido una de las cosas que más temía… Y si has leído el post “Se me olvida que me voy a morir” quizá ya hayas adivinado qué es…

Pues ha llegado el momento en el que no me puedo abrochar el pantalón… Bueno, me lo puedo abrochar, pero parezco una morcillica y además es incómodo de narices.

Hoy os voy a hablar sobre lo mal que llevo equivocarme. Porque para mí, coger más kilos es cometer un error. Quizá el error está en pensar que es un error.

A mí me encanta comer y a veces lo hago con ansiedad. No soy delgada, estoy dentro de “lo normal” y si como de más, lo normal es que suba de peso, o al menos de volumen. Hasta hace un año me estaba manteniendo muy a gusto con mi cuerpo, comiendo sano y cometiendo algún exceso de vez en cuando. Tengo un par de vaqueros que me voy poniendo para controlar que me caben, son como la medida que me indica si sigo bien o si me paso.

Pero un día leí que eso de tener una prenda de referencia no era nada bueno porque aunque a lo mejor te hubiera cabido en su momento, el cuerpo cambia y no puede ser el único criterio para seguir adelgazando.

No poder abrochar el pantalón no puede ser motivo de enfado...

No poder abrochar el pantalón no puede ser motivo de enfado…

Pues yo esto lo hacía muchísimo, me sometía mensualmente a mis propios controles y, cómo no, a las consecuencias negativas que consideraba oportunas en el caso de que no me cupieran. Además de incrementar en 20 y para siempre el número de abdominales cada día y restringir más los alimentos que yo consideraba que engordaban, me ponía esos pantalones durante ese día como castigo. Eso me suponía dolor de barriga y bastante incomodidad.

Esos que me señalan, son yo.

Esos que me señalan, son yo.o,

El día que me di cuenta de que eso era un trato muy poco amable por mi parte, un maltrato con todas las letras, dejé de hacerlo. Dejé de castigarme físicamente pero no dejé de enfadarme cada vez que me notaba un aumento de peso.

Y durante los últimos meses, he dejado de ponerme esos pantalones a modo de examen. ¿Y qué ha pasado? Que me he ido a poner otros y tampoco me venían bien. Y se ha puesto en marcha automáticamente el proceso de enfadarme y tomar represalias.

Pero lo he parado a tiempo. He decidido ser más comprensiva conmigo. Ya no quiero más castigos y, menos, impuestos por mí. ¿Estamos locos o qué? Prefiero mayor comprensión de por qué ha pasado, escuchar mis razones, ver en qué me estaba equivocando, asesorarme… Y, mientras tanto, gustarme con mis kilitos demás, no despreciarme por haber “fallado” y pretender un estado de salud bueno antes que la estética, que es lo que había hecho hasta ahora.

Yo creo que mejor...

Yo creo que mejor…

Y me siento mejor. Siento que tengo más el control sobre lo que me pasa, me doy soluciones más adecuadas y, lo mejor, no me siento culpable.

Todo esto es cuestión de tomar conciencia de mis miedos a la pérdida del control sobre mi conducta, de mi creencia errónea de que el castigo es bueno, de que mi autoestima depende de cómo yo me trate, de desarrollar mi capacidad autocontrol y de responder con cariño a mis necesidades y no desde el desprecio o el desamor.

Es difícil romper con estas costumbres, pero sienta tan bien…

Las prisas son nuestras, no de l@s niñ@s.

El otro día observaba a mi sobrina, que casi tiene 6 años. Íbamos con cierta prisa, era sábado y todo era ocio, pero teníamos que salir de casa ya. Yo había decidido peinarla, pero antes su madre le había dado la orden de que recogiera alguna cosa de su cuarto. Así que yo la esperaba en la puerta del baño.

La prisa es nuestra, no de l@s niñ@s.

La prisa es nuestra, no de l@s niñ@s.

Ella, iba haciendo a su ritmo lo que le habían dicho, pero se entretenía subiéndose los calcetines, observando algunos de los juguetes que estaba recogiendo… En fin, que disfrutaba de llevar a cabo esa tarea, a su manera, a su ritmo.

Cualquier cosa puede fascinarles y necesitar observarla durante un buen rato.

Cualquier cosa puede fascinarles y necesitar observarla durante un buen rato.

En otras ocasiones, yo misma le hubiera metido prisa, pero me pareció tan enternecedora la situación… Imagino que sentí el placer de hacer las cosas despacio, que me hubiera gustado que respetaran mi ritmo, que me permitieran ocuparme de mí misma poniéndome los calcetines a la misma altura… Porque a veces, de mayor, lo hago. Me quedo un rato parada, observando algo, como hipnotizada, me recreo quieta en algo que miro o pienso… Y ese rato es oro.

Eso me pasa cuando estoy en el río.

Eso me pasa cuando estoy en el río.

Las prisas destruyen el momento presente, la espontaneidad, la naturalidad.

Precisamente, ese mismo día, había salido a relucir en la sesión de escuela de padres y madres, el tema de las prisas. Nuestro estilo de vida es incompatible con dar una educación emocional. Al menos, nos lo pone muy difícil.

El estrés, el consumismo, la importancia de lo material, la poca introspección a la que estamos acostumbrados… Los valores de nuestra sociedad van a ponérnoslo muy difícil. Es harto complicado tratar de hacer las cosas bien cuando tenemos que nadar a contracorriente.

Reflexiona sobre esto cada vez que vayas a sentirte mal por creer que podrías haberlo hecho mejor.

Y por eso la educación emocional es “taaaaan difícil”. Pero da tanto gusto permitirte momentos en los que apartas todos esos obstáculos y dejas que lo natural sea lo protagonista… Últimamente, mis alumn@s, me cuentan cómo van poniendo en práctica trucos de los que les hablo y cómo van funcionando… ¡Me pongo tan contenta…!

Claro que no dejé que mi sobrina se entretuviera todo lo que le diera la gana, le fui recordando que estaba esperándola para peinarla porque nos queríamos ir y enseguida lo hicimos. Pero para mí lo fácil hubiera sido pegarle el grito con sus correspondientes juicios tal como: “Pero, ¿vienes o no? Mira que como no vengas ya, ¡no nos va a dar tiempo!  ¡Déjate esos calcetines que lo que tienes que hacer ahora es recoger! Que por cierto, ya podrías haberlo hecho antes… Si es que… vaya pachorra que tienes chica… No me quiero imaginar lo que deben ser las mañanas en esta casa…”. Por ejemplo.

¿Qué efectos tiene esta actuación? Estrés, culpabilidad, confusión por los mensajes contradictorios (entonces, ¿recojo o no?), lo importante es hacer las cosas rápido, mi criterio no es válido, sólo debo hacer lo que me dicen, etc.

Ya sé que cambiar el estilo de vida no es fácil, pero hay muchas cosas que se pueden hacer con respecto a las prisas y el estrés, principalmente tomarse las cosas con más calma y crear prioridades.

Estoy contenta de haber hecho este pequeño cambio que entraña un mayor respeto al ritmo de l@s niñ@s, porque de alguna manera surgió gracias a sentir empatía con mi sobrina y de alguna manera conecté con la niña que fui y cómo me hubiera gustado que me trataran a mí.

A mí sí me afecta lo que los demás piensen de mí.

Últimamente he pasado a mis alumnos evaluaciones sobre los cursos que ya he terminado. Cada vez que abro una, ¡tiemblo! Y ahora, mucho menos que antes. Voy haciendo callo con respecto a las críticas que voy recibiendo, que siempre me han sentado como un jarro de agua fría, incluso las constructivas, pero me sigue afectando bastante lo que me pueda encontrar en ellas.

Siempre va a haber opiniones de todo tipo.

Siempre va a haber opiniones de todo tipo.

Creo que todos somos bastante susceptibles de que nos afecte lo que piensen de nosotr@s. Al menos yo lo soy. La gente que no me conoce mucho suele sorprenderse cuando digo esto ya que no ven que me comporte como tal. Es decir, soy desinhibida, hablo con cierta seguridad y hago un poco lo que me da la gana. Pero que yo me comporte así no significa que dentro de mí no haya una batalla constante contra una parte de mi personalidad a la que le preocupa el “qué dirán”.

Aunque me importe lo que piensen los demás, es más importante ser yo.

Aunque me importe lo que piensen los demás, es más importante ser yo.

También me he dado cuenta de que hay cierto egocentrismo en pensar que los demás siempre están opinando sobre nosotr@s y me tranquiliza mucho la idea de que no soy tan importante para el resto de mundo como para que constantemente estén hablando de mí.

Aquí un buen ejemplo.

Aquí un buen ejemplo.

Soy consciente de que me influye lo que los demás puedan pensar de mí, pero no dejo de hacer cosas por ello. Me encantaría que a todo el mundo le pareciera que hago un buen trabajo, disfrutaría agradando a los demás y sería estupendo saber que lo que hago está bien a ojos de todo el mundo.

O no.

Voy aprendiendo que eso no es posible, que no podemos gustarle a todo el mundo. Hay estudios que dicen que no gustamos a la tercera parte de la gente que nos conoce. ¿Te imaginas cuanta gente es ésa? Buf, un montón.

Pero además me doy cuenta de que si gustáramos a todo el mundo, o gustara nuestro trabajo o nuestros chistes o nuestro pelo, todo esto sería muy aburrido, ¿no? De hecho, gracias a algunas críticas que he recibido, he mejorado. Gracias a ello avanzamos, evolucionamos, nos cuestionamos cosas… y eso siempre es bueno.

Cuando el otro día leí una crítica bastante positiva de uno de mis alumnos, empecé a notar cómo se me inflaba el ego y se me separaban los pies del suelo. Al igual que me influye lo negativo y me siento peor por recibir críticas negativas, tiendo a sentirme mejor con los halagos, normal, ¿no?

Un globo tan fácil de pinchar...

Un globo tan fácil de pinchar…

Pues no sé yo… Yo creo que la clave está en darle la importancia justa a cada una de estas informaciones que nos llegan, tengan el contenido que tengan. Y para ello, debemos convencernos de que nosotros no somos nuestros actos, que valemos independientemente de lo que hagamos.

No merecemos castigos de ningún tipo, así que nada de fustigarse por haberse equivocado, ya que estamos en nuestro derecho como humanos que somos. Cuando nos creamos esto, nos agradará recibir una opinión positiva y tendremos en cuenta una negativa para ver qué parte tiene de verdad y tratar de mejorar en ello, pero ni nuestro estado de ánimo ni nuestro autoconcepto dependerán de lo que los demás nos digan, porque sabremos lo que somos y nuestra identidad ni el precio que tenemos por nosotr@s mism@s no variará en función de los mensajes exteriores, sólo se enriquecerá de alguna manera.

Recuerda: lo que te digan es sólo información.

Recuerda: lo que te digan es sólo información.

Y cuando te crees esto es cuando lo que los demás puedan decir de ti te puede importar menos. Ni subirte por las alturas ni degradarte a los infiernos. Simplemente será información.

A ver si me aplico el cuento.

¿Era esto lo que esperabas sobre ser madre?

Ayer, día de la madre, las redes sociales se llenaban de felicitaciones, fotos, reconocimientos y agradecimientos. Pero todos los días no son así.

Felicítate tú cada día.

Felicítate tú cada día.

¿Era esto lo que esperabas sobre ser madre? ¿No iba a ser todo maravilloso? ¿Cómo es que hay que dar tanto sin esperar nada a cambio? ¿A veces te dan ganas de pedir la hoja de reclamaciones de la vida por su publicidad engañosa? Por tu cansancio, por tus frustraciones, por tu infinita pero, aparentemente, insuficiente paciencia, por la culpa que sientes, por comportarte como no quieres muchas veces, por sentir que se te hace grande esto de ser madre… No pasa nada si la respuesta es que sí. Porque esto se lo escucho a muchas. Nadie te habla de la parte oscura de la maternidad, física, psicológica y social.

No es tan fácil...

No es tan fácil…

Afortunadamente, cada vez hay menos tabú sobre estas sombras y ello genera que se lance un rayo de luz y sea más llevadero. ¿Soy la única a la que se hace cuesta arriba la maternidad? ¿Nadie más que yo ha tenido depresión post parto? ¿Sólo yo me siento culpable por querer estar un rato para mí sin mis hijos? ¿Nadie más ha tenido un miedo terrible a no saber cuidar bien a su bebé? ¿Sólo yo me siento fatal cuando la maestra me dice que mi hijo se porta muy mal?

Se va desmitificando a la madre perfecta.

Se va desmitificando a la madre perfecta.

No eres la única que tiene estos momentos de flaqueza, aunque casi todas lo sufren en silencio. Porque da mucho miedo equivocarse. Te voy a dar dos noticias: una es que te vas a equivocar, no lo puedes evitar. La otra, es que equivocarse no es malo, es inherente a la vida y al aprendizaje. Cuanto más te equivoques, más aprenderás.

Si nos contáramos las cosas nos sentiríamos menos solos.

Si nos contáramos las cosas nos sentiríamos menos solos.

Y cuando eso suceda, trátate bien. Quiérete mucho. Compréndete. Consuélate. Achúchate. Porque si no lo haces, ni la manualidad de tu peque tal día como ayer, ni un ramo de flores, ni un pase para un spa, te harán sentir bien. Y si no te sientes bien, es mucho más difícil que lo hagas bien. Porque, además, ¡para tus hij@s eres la leche!

Lo estás haciendo lo mejor que sabes, lo estás haciendo genial, cada día lo haces mejor y ese es el reconocimiento que te debes dar. La culpa no sirve para aprender, no te castigues por equivocarte, eso está obsoleto.

Sólo el amor y la comprensión hacia ti harán que te sientas mejor y seas mejor madre cada día.

Quizá no era esto lo que esperabas, pero tampoco esperabas otras cosas maravillosas que sí suceden. Agárrate a ellas, porque son las que van a compensártelo todo. Da la importancia justa a las cosas y disfruta, siempre serás madre, pero este tiempo mientras son pequeñ@s no volverá.

 

Eso que nos irrita tanto de los demás…

Cada vez que me sacaba de quicio que una persona exigiera su máxima comodidad para estar bien al margen de que estuviera entorpeciendo a los demás, estaba proyectando. Porque a mí también me gustaría estar comodísima, pero me han ensañado que tengo que ser sufrida y lo soy, pero no por voluntad propia.

Cuando me molestaba que alguien a nivel académico o profesional intentara algo que yo no había hecho, estaba proyectando. Porque era algo que yo no me había atrevido a hacer y me lo pasaba por los morros que sí se puede.

¡La envidia no es tan mala!

¡La envidia no es tan mala!

Cuando no soportaba que alguien le echara mucho morro a la vida, estaba proyectando. Porque a mí me hubiera gustado hacerlo, pero era más importante el qué dirán, que lo que yo pudiera conseguir.

Cuando criticaba a alguien por ser tan empalagosa con su pareja, estaba proyectando. Porque a mí me gustaría que la mía fuera más cariñosa conmigo, pero como voy de progre e independiente por la vida, no permitía que fuera así.

¿Por qué te molesta tanto?

¿Por qué te molesta tanto?

Cuando se me soltaba la lengua para poner a caldo a una chica con una vestimenta estrafalaria que veía por la calle, estaba proyectando. Porque yo me estaba reprimiendo de vestirme de alguna manera menos convencional, pero no me atrevía.

Cuando señalas a otro, tres dedos apuntan a ti.

Cuando señalas a otro, tres dedos apuntan a ti.

Cuando me contaban que alguien se había ido a vivir a un pueblo y yo, con condescendencia y altivez, pensaba “a ver cuánto dura”, estaba proyectando. Porque yo también quería, quería muchísimo hacer lo mismo, pero me había convencido de que sería incapaz de lograrlo.

Con lo bien que estoy ahora yo en el mío...

Con lo bien que estoy ahora yo en el mío…

Ahora soy consciente de todo esto, y esa crítica, esos juicios, esa rabia, los he convertido en información útil para mi vida. Es como utilizar la basura como combustible. Al igual que cuando os hablé de la envidia, cada vez que proyectamos, podemos obtener un montón de información sobre nosotr@s mism@s.

Negar que proyectamos, como negar la envidia, son actitudes normales, pero hay que gestionarlas adecuadamente. No debemos juzgarnos por ello. Todo el mundo proyecta, todo el mundo siente envidia. Y NO ES MALO.

Aceptar que proyectar es un mecanismo de defensa, puede facilitar que aceptemos con mayor facilidad la información que nos proporciona la propia proyección. Ganaremos en autoconocimiento, autoestima y humildad entre otras.

De verdad, cada vez que algo te saque de quicio, párate a pensar, ¿por qué me molesta tanto esto? ¿Lo hago yo? ¿Qué tiene que ver conmigo? Porque una cosa es que algo te moleste porque es una falta de respeto o porque le molestaría a cualquiera, no son este tipo de cosas a las que me refiero. Sino a las experiencias que te tocan especialmente, que te enervan y que no puedes controlar que te irriten tanto.

Una vez, en pleno verano, una amiga iba con botas de agua, eran muy chulas, eso sí, pero no llovía y no era un calzado muy apropiado para esa época del año. Las llevaba casi todos los días. Y un día, tomando algo en un bar, vio a otra chica que no le caía muy bien que llevaba un corsé, era bastante original y no le quedaba nada mal. A mi amiga le faltó tiempo para comentar que era muy poco apropiado ir con esa prenda. Todos los que estábamos alrededor, tuvimos que hacer alusión a su calzado, ya que puestos a escoger… era menos adecuado que el corsé de la otra chica.

Con esto quiero decir que muchas veces  no vemos lo que está a los ojos de todo el mundo y que si nos queremos engañar, podemos hacerlo, pero es mucho más práctico no hacerlo.

Que tus hij@s decidan lo que son.

Describir el comportamiento de los demás y opinar sobre él es de mala educación, ¿lo sabías?

Pues entonces hemos sido educad@s por personas extremadamente maleducadas porque yo desde que tengo uso de razón he escuchado mensajes que me describían: si me parecía a mi madre, que era más lista que las pesetas, qué peluda era, qué vaga era, que esperaban que sacara buenas notas, que era muy desobediente… El lenguaje que utilizamos es muy poderoso, estructura nuestra realidad y la de nuestr@s hij@s. Debemos acostumbrarnos a ser más neutros con el lenguaje a la hora de describir sus actitudes y partir de un mayor respeto.

¿A quién le das poder para que te cuente la realidad?

¿A quién le das poder para que te cuente la realidad?

La verdad es que si nos ponemos a hablar, qué difícil es hacerlo correctamente desde el punto de vista de la inteligencia emocional… La comunicación entre iguales es complicada. Educar es un acto que hacemos a través de la comunicación verbal también. Aunque si me seguís, habréis detectado que abogo más por el ejemplo que por la palabra.

Muchas veces utilizamos mensajes poco respetuosos porque dan un rápido resultado en cuanto a lo que queremos conseguir de la conducta de nuestr@s hij@s. Pero esos mensajes van llenando el recipiente del cual se nutre lo que ellos piensan de ell@s mism@s.

Nuestras palabras son semillas.

Nuestras palabras son semillas.

Creo que podríamos estar más callad@s, calibrar mucho más lo que decimos y cómo lo decimos y para que lo decimos. Porque las palabras tienen una gran influencia en la conducta de l@s niñ@s, en su pensamiento y en su forma de tratarse.

Cuando somo pequeñ@s, no podemos hacer oídos sordos.

Cuando somo pequeñ@s, no podemos hacer oídos sordos.

La forma en que hablamos a l@s niñ@s se convierte en su voz interna.

Fijaos el gran poder que tenéis sobre su autoestima. Creo que para unos padres, que su hij@ tenga una buena autoestima es súper importante. Pues es tan fácil como tratarles siempre con respeto. Bien, la teoría está clara, ¿pero qué es exactamente respetuoso?

  • ¡Eres la más guapa del mundo!
  • ¡Qué mentiroso eres!
  • ¿Te quedas a dormir en casa de tu amiguit@? ¿Me dejas sol@?
  • Sacar un 7 no es suficiente.
  • Eres una vaga.
  • ¡Cómo te estás poniendo, eh!
  • Hablar de ellos con otras personas como si no estuvieran.
  • Tú sabrás lo que tienes que hacer.
  • A ver cuánto te dura esta vez el capricho…
  • No vas a poder, ya lo hago yo, lo vas a romper, te vas a… (caer, manchar, hacer daño…).
  • Mira a tu hermano, qué bien se porta, no como tú.

Las frases que empiezan con “eres”, ¡peligro! Van a construir su autoconcepto, lo que opinen de ell@s mism@s. Mira los estragos que tiene en los adultos, pues imagina en l@s niñ@s.

Mucho ojito con los chantajes psicológicos. Ell@s nos quieren y nosotr@s a ell@s, ¿no? Pues dejemos que  nos lo expresen libremente y sin coacción. Si no, pueden tener problemas de dependencia afectiva en sus futuras relaciones.

No somos futurólog@s, ¿no? Pero para nuestr@s hij@s, somos dioses y lo que digamos va a misa. ¿Qué papá dice que me voy a caer? Pues me caigo, porque papá siempre tiene razón.

Te lo dije...

Te lo dije…

Comparar… ¡Somos incomparables, somos únicos y eso está genial! Pero les comparamos. Cada vez que le comparas con alguien, le estás transmitiendo que debería ser de otra manera, que no está bien como es.

Así que reflexionemos sobre cómo nos hablaron de pequeñ@s, cómo nos tratamos a nosotr@s mism@s y cómo queremos que se traten nuestr@s hij@s.

Respeta a tus padres, respeta a tus hij@s.

Cuando somos niños, nuestros padres tienen que ser padres, no amigos. Esa jerarquía tiene una lógica, muy relacionada con los límites, el cuidado, el afecto, la madurez… Pero con el paso de los años, esto tiene que cambiar.

Definición de hijo.

Definición de hijo.

De hecho, para sanar las relaciones entre padres e hijos adultos, es necesario que el respeto sea la base de la relación. Y si hay respeto no debe haber ni juicios, ni manipulaciones, ni chantajes. Debe partirse de la igualdad.

Que el respeto inunde tus relaciones.

Que el respeto inunde tus relaciones.

Los reproches y las exigencias muchas veces son intercambiados dentro de las relaciones paterno filiales. El antídoto para estos elementos tóxicos de la comunicación son el perdón y la aceptación.

El perdón referido a lo que hubiéramos deseado que fueran nuestros padres: las cosas que no nos gustaron en nuestra niñez, lo que nos dolió, el abandono que sentimos, el habernos sentido tratados injustamente… Nuestros padres lo hicieron con nosotros lo mejor que supieron y suelen superar con creces a sus propios padres en cuanto a cuidados se refiere.

Perdonarnos supone aceptar nuestras partes menos agradables.

Perdonarnos supone aceptar nuestras partes menos agradables.

El perdón aplicado a uno mismo también es importante. Perdonarnos por habernos comportado mal, por “haberles fallado”, por no atrevernos a hacer o decir lo que hubiéramos querido. También lo hicimos lo mejor que supimos.

Cuando se instala el perdón, ya no hay lugar para el reproche.

Cuando se instala el perdón, ya no hay lugar para el reproche.

El antídoto para terminar con las exigencias, que a su vez conllevan chantajes emocionales, manipulaciones y culpabilidades, es la aceptación. La aceptación de que cada uno es como es, al margen de que te gustara que tu padre fuera más maduro o tu madre más responsable. Son como son y tratar de cambiarlos no te llevará más que a conflictos y discusiones. Acepta que eres como eres y eso está bien, al margen de que tus padres hubieran preferido que tu pareja tuviera otras características, tu trabajo fuera más estable o criaras a tus hijos más a su manera que a la tuya.

Es cuestión de establecer una tregua. Las relaciones íntimas son las más complejas. Las de pareja no se quedan atrás, pero las que se dan entre padres e hijos son realmente complicadas porque comienzan desde una desigualdad notable y necesaria, que debería ir desapareciendo con el tiempo, pero que en muchas ocasiones se mantiene hasta el final de nuestros días.

Este post ha sido inspirado por una consulta que me ha hecho una persona. Teme que su pareja no sea aprobada por sus padres por ser 10 años menor. De alguna manera, mientras no nos equiparemos a nuestros padres, mientras no nos tratemos entre nosotros como adultos y sin jerarquías, esos temores van a estar ahí. Pretender agradarles como cuando éramos niños, no es una buena fórmula para que estas relaciones maduren, porque primero debemos hacerlo nosotros mismos. Y madurar supone tener claro qué queremos, por qué lo queremos y que nos lo merecemos. Y a partir de ahí, si eso se convierte en nuestra base, nos dará igual que nos aprueben o no.

De la misma manera, alcanzar esa madurez, nos permitirá tratar a nuestros hijos desde el respeto, aplicado de una manera cuando sean pequeños y de otra más “de igual a igual” cuando sean mayores.

¿Cómo quieres que sea tu hij@?

¿Por qué educas de una manera y no de otra? ¿De qué depende? ¿Te lo planteas? ¿Te has parado a pensar en esto? ¿A qué le das importancia? ¿Cómo quieres que sea tu hij@? La respuesta a esta pregunta puede tener muchas interpretaciones…

A nadie le gusta que decidan por él.

A nadie le gusta que decidan por él.

Todos tenemos expectativas, es inevitable, hemos aprendido a tenerlas y romper ese hábito es difícil… Pero las expectativas dañan seriamente la felicidad… Y, entonces, ¿no debemos querer cosas para nuestr@s hij@s? Sí, podemos querer que se conviertan en X, pero no planteado como una expectativa, sino como un objetivo.

Cuantas más expectativas tengas, más insuficientes se sentirán.

Cuantas más expectativas tengas, más insuficientes se sentirán.

¿Y en qué se diferencia una expectativa de un objetivo? Que la primera es un deseo pasivo y el segundo es algo que nos planteamos de forma más activa y planificada. Por ejemplo, puede desear tener una vida determinada, con un trabajo determinado, una pareja determinada… y eso son expectativas. Cuando planificas cómo conseguirlo, se convierten en objetivos.

Ambos pueden aplicarse a temas vitales, como un trabajo, una familia, un lugar en el que vivir, un sueño… Pero cuando se aplican a personas que no son nosotros mismos, empiezan a complicarse la cosa. Porque cuando no se cumplen, nos decepcionamos y cuando esto ocurre, trasladamos nuestro descontento, a veces, hacia la persona en cuestión.

Y esa decepción l@s niñ@s la viven como propia.

Y esa decepción l@s niñ@s la viven como propia.

Un padre puede desear que sus hijos sean tal o cual cosa. Si no desarrolla un plan para que eso suceda, se va a frustrar con facilidad y esa frustración la pueden pagar sus hijos. Esto supone que el padre puede trasladarles decepción, reproches, falta de aprobación y de amor incondicional. Si el objetivo que querías que lograra, es suyo también, suficiente tendrá con no haberlo conseguido, no necesita además que le mires con “esperaba más de ti” en tus ojos.

Cuando esperamos determinadas cosas de nuestros hij@s, aunque sean objetivos, no podemos jugar con el amor que les profesamos como arma para conseguirlo. Sí, ya sé que da un rápido resultado, porque conseguimos lo que queremos con rapidez, pero lo que ellos sienten, es que no les queremos. Si estamos convencid@s de que es bueno para ellos y les hacemos entender con nuestra actitud y ejemplo de sus bondades, debemos respetar su ritmo de aprendizaje para que realmente sea significativo para ell@s.

Y en cuanto a los objetivos que podemos querer para ell@s, ¿los hay válidos o no? ¿Cuáles son? ¿De qué depende? El factor clave es el respeto. Sí que están la supervivencia, los límites, los valores como criterios educativos… Pero para mí, el más importante, es el respeto. Respetar sus tiempos, sus ritmos, su forma de ser… Claro que habrá momentos, muchos, en los que no esté para nada clara la línea que separa qué es respetarle o dejar que haga lo que le da la gana. Ahí ya entra el sentido común de cada uno o el ensayo error. Se puede observar qué pasa si un día permitimos algo y actuar la siguiente vez en consecuencia. Que dé un mal resultado no lo convierte en un mal irreversible.

¿Qué no decidir por ell@s? Sus compañías, sus estudios, en qué utilizan su tiempo libre, su forma de vestir, la música que escuchan, su forma de bailar, cómo expresar sus emociones, sus gustos, el tiempo que les lleva hacer los deberes… Claro está que aquí el factor edad no se puede obviar y que, cuanto más mayores son, más libertad hay que dejarles. Para que luego tomen “buenas decisiones” hemos tenido que, en los años previos, habérselas mostrado, reflexionado y dialogado sobre ellas.

Objetivo: mejorar como personas.

Objetivo: mejorar como personas.

¿Qué decidir por ellos? El autocuidado, el respeto en las relaciones, la confianza en uno mismo, la capacidad de gestionar el tiempo, el autoconocimiento, la capacidad de expresarse… Cómo lleven a cabo estas conductas, ya será su elección.

Con seguridad.

Con seguridad.

¡Así que si quieres educar hacia buenos fines, proactividad, respeto y mucho amor!

 

La comodidad puede matar

No es fácil madrugar si no tienes obligaciones, pero vivir dependiendo de lo que nos apetece, es esclavitud.

Hazte apetecibles los esfuerzos.

Hazte apetecibles los esfuerzos.

No es cómodo salir una tarde a dar un paseo si el tiempo está desapacible, pero cuando vuelves a casa, te alegras de haber tomado esa decisión.

Tremendos premios por salir de casa.

Tremendos premios por salir de casa.

Cuesta apagar la tele y ponerse a leer, pero sabes que es mejor para tu mente.

Da pereza salir de casa para hacer deporte, pero sabes que descansarás mucho mejor si lo haces.

Hacer deporte genera endorfinas.

Hacer deporte genera endorfinas.

Yo trabajo desde casa la mayor parte del tiempo y soy bastante disciplinada con respecto a los horarios. No me considero muy organizada, de hecho en el plano físico soy preocupantemente desordenada, pero he ido desarrollando una disciplina bastante sólida en cuanto a la distribución del tiempo se refiere.

Hace poco en una agradable charla, recordaba mi primer año en la universidad. El primer cuatrimestre las clases eran por la tarde y me costaba mucho levantarme a una hora decente para poder aprovechar la mañana e ir haciendo los trabajos. De hecho, los tres primeros años de magisterio fui una estudiante muy poco ejemplar.

De eso han pasado unos cuantos años y veo que con el tiempo y una fuerte motivación, he podido desarrollar la capacidad de organizarme el tiempo y la voluntad para trabajar sin una exigencia externa.

¿Cuál ha sido mi motivación? Hacer lo que quiero, donde quiero, cuando quiero y como quiero. Desarrollar Bienpensar, vivir en Ansó, tener mis propios horarios y sentirme libre.

Muchas veces, la palabra disciplina parece reñida con la palabra libertad. Pero nada más lejos de la realidad. Gracias a ser disciplinad@s, podemos ser libres de escoger lo que queremos. La voluntad hay que educarla y fortalecerla para poder ser libres.

Una manera de hacerlo es reparando en el uso del lenguaje. A veces decimos: “tengo que lavar los platos” y sentimos obligación y poca apetencia. ¿Y si cambiamos tengo por quiero? Probablemente no quieres lavar los platos pero sí los quieres tener limpios, ¿no? ¡Entonces quieres lavarlos!

Para conseguir objetivos hay que plantearse retos y poner todo de nuestra parte. Esfuerzo, voluntad, motivación… ¡Y premios! En forma de reconocimiento, de buen trato, de gratificaciones cuando llevamos a cabo una tarea costosa…

Ser feliz es cuestión de voluntad, de recordar todos los días todo lo que sí tenemos, todos los problemas que no tenemos, agradecerlo, nuestra salud, la de quienes nos rodean, desterrar los miedos… La comodidad, lo siento mucho, es incompatible con la felicidad. El piloto automático no nos va a avisar de que nos estamos saliendo de la ruta que nos habíamos marcado.

No lo olvides.

No lo olvides.

¡Así que a vivir conscientes, con los ojos muy abiertos y sin pereza por la vida! ¡Que tenemos más capacidad y fuerzas de lo que creemos! Si es que… ¡TODO ES PONERSE!

¿Te gusta que tus hijos se parezcan a ti?

El típico comentario cuando conocemos a un niño: “es clavado al padre”, “ha salido a la abuela”, “tiene tus ojos”, “en la mala leche ha salido a su madre”… Aunque también son comentarios que surgen desde los propios padres, ¿no?

Y es que hay casos que son llamativos, comparas al peque con fotografías de su padre o su madre a su misma edad, ¡y son dos gotas de agua!

No obstante, aparte de las semejanzas físicas, también están las psicológicas o comportamentales. Muchas veces me plantean esta duda: ¿el carácter es hereditario? Y claro, yo dedicándome a lo que me dedico, no puedo decir que sí, porque entonces, apaga y vámonos. Tampoco puedo decir que no. Simplemente parto de que hay un porcentaje genético que predispone al niño a ser más o menos temperamental, más o menos extrovertido, más o menos resiliente… Pero todo esto se va a desarrollar en función de cómo se relacione con su contexto.

Los niños hacen lo que ven. Y van a copiar a sus padres con exactitud. Quizá no a los dos, puede haber una predisposición a tirar más hacia uno o hacia otro, precisamente por ese componente biológico del que hablaba antes.

L@s niñ@s hacen lo que ven.

L@s niñ@s hacen lo que ven.

Así que, puesto que te va a copiar, ¿eres consciente del ejemplo que le estás dando? Y no me refiero solamente a si tiras papeles al suelo o a si fumas. Me refiero a otras muchas actitudes del día a día, como por ejemplo:

  • Tu relación con la comida: ¿disfrutas, comes con ansiedad, te sientes culpable después de una opípara comida? ¿Te gusta más o menos todo o le encuentras pegas a muchos alimentos? ¿Comes equilibradamente o vives a dieta?
¿Cómo te relacionas con la comida?

¿Cómo te relacionas con la comida?

  • ¿Te da miedo hacer cosas o te atreves a probar experiencias nuevas?
¿Te atreves?

¿Te atreves?

  • ¿Te relacionas con los demás con naturalidad o son las inseguridades quienes guían tu patrón de conducta?
  • ¿Eres perezos@ o vences la comodidad y disfrutas del movimiento y el bienes que ello genera?
  • ¿Criticas o describes comportamientos? Aprender a utilizar un lenguaje neutro genera emociones menos intensas y más fáciles de gestionar.
  • ¿Qué tipo de mensajes das sobre tu cuerpo? ¿Lo valoras y cuidas o lo menos precias con comentarios negativos sobre él? Este post es muy gráfico sobre las consecuencias que pueden tener comentarios negativos sobre tu cuerpo.
  • ¿Le das más importancia a las experiencias o a lo material?
  • ¿Basas tus decisiones en argumentos reflexionados que te generen bienestar o te dejas llevar por la impulsividad y acabas haciendo cosas que no querías?
  • ¿Basas tus opiniones en tu propio criterio o sacas conclusiones aceleradas sin tener demasiada información?

Pues después de que te hagas estas preguntas y te las contestes, quizás haya alguna de tus actitudes del día a día, que no querrías que tus hij@s te copiaran. Te animo a que trates de cambiarla, pero desde la comprensión.

Es decir, primero es importante que reflexiones sobre lo bueno y lo malo que te ha acarreado a ti esa actitud, motivándote para cambiar. Segundo, si no quieres “pegarle” esas actitudes a tus hij@s y quieres que tengan una vida más fácil en ese aspecto, puedes tratar de introducir cambios. Eso sí, poco a poco y premiándote por ello. El simple hecho de que vean que te esfuerzas por cambiar cosas de ti, les va a dar un gran ejemplo y de esta manera van a aprender que ell@s tienen control sobre su vida y su forma de actuar.

Espero que este post te haya sido útil, ¡hasta la próxima semana!